Respuesta al reto: El regalo

Respuesta al reto: El regalo

Por Libero Passo

Libero Passo

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La villa se alzaba en medio de la vegetación. En el exterior destacaban los amplios ventanales, la piedra natural y la piscina; en el interior, los suelos de marmol, el mobiliario elegante y el grande salón. Ese día estaba lleno de amigos y familiares. Miguel estaba sentado en el centro, frente a una tarta con dieciocho velas.

—¡Abre esto! —gritó su primo, entregándole un paquete. Miguel rasgó el papel de regalo. Dentro había calcetines coloridos.

—¡Por fin algo útil! —exclamó su madre entre risas.

Su abuelo le regaló un reloj. Uno tras otro, los paquetes se fueron acumulando en el suelo: una sudadera de marca, una cartera, una tableta.

—Este es de mi parte —dijo su tío, entregándole un sobre cerrado. Miguel

abrió el paquete lentamente y sacó un sobre blanco.

—¡Guau, tío! —exclamó—. ¡Un viaje al Caribe!

Todos aplaudieron.

—¿Y esto?

Era una cajita roja.

Miguel la abrió y su sonrisa se desvaneció al instante.

—¿Qué pasa? —preguntó su madre.

Levantó la vista hacia su tío, luego hacia sus amigos y, finalmente, volvió a mirar el contenido del paquete, luego se levantó y caminó hacia las grandes puertas acristaladas que daban a la terraza.

Fuera su padre estaba sentado en una silla de mimbre.

—¡Papá!

—Ah, hijo; ya sabes que no me gustan las multitudes, ¿verdad?

—Claro, no te preocupes.

—Veo que lo has reconocido.

—¿Cómo iba a no reconocerlo, papá?

Miguel metió la mano en el paquete y sacó un pequeño soldado de plomo.

—Mi primer regalo...

Cogió un taburete y se sentó junto a su padre.

—Ha pasado mucho tiempo, y sin embargo parece que fue ayer.

—Es verdad, papá. Y han cambiado tantas cosas...

—Me alegra que digas eso. Ese soldadito era lo único que podía permitirme en aquel entonces.

—Es el mejor regalo que he recibido hoy.

—Consérvalo bien, entonces. Y recuerda siempre que hubo un tiempo en que tuvimos que sufrir, tu madre y yo, y que si hoy vivimos en la abundancia es, sobre todo, porque vencimos la tempestad, luchamos y renunciamos a nuestra juventud.

—Lo sé, papá.

—No pierdas ese soldadito y valora lo importante que era para nosotros dártelo como regalo.

Miguel esbozó una sonrisa y bajó la cabeza.

—Vete ahora. Todos esperan al anfitrión.

Miguel esperó un momento y dirigió la mirada hacia las colinas. El atardecer era increíble visto desde allí.

Se levantó del taburete y entró en la casa, luego se acercó a su madre y le puso e la falda ese soldadito de plomo. Su madre lloró de alegría.

Miguel recordaría su decimoctavo cumpleaños como el más emotivo de toda su vida.

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