Rasgo el papel por una esquina y tiro de él hasta que aparece una caja blanca.
—Abre, abre.
Levanto la tapa.
Dentro hay un sobre.
Lo saco y leo lo que pone.
Clase de iniciación a la equitación.
Lo vuelvo a leer.
—He pensado que podríamos ir juntos —dice él—. Me han dicho que los caballos son muy tranquilos. Y que para empezar va genial.
Cierro la boca.
Intento tragar.
No puedo.
Lo intento otra vez. La saliva se me queda pegada en la garganta y tengo que hacer fuerza para que baje.
—¿Qué?
—Nada.
Intento sonreír.
El papel cruje entre mis dedos.
Llevo meses intentándolo. Acercarme. Tocarles el cuello. Aguantar unos segundos más.
La última vez llegué hasta uno.
Levanté la mano y el caballo movió la cabeza. Di un paso atrás, pero mi pie pisó donde no debía. Recuerdo el suelo, la palma raspada y una voz a mi lado.
—No te acerques tanto, que los soliviantas.
—Podemos ir este sábado —continúa—. Ya lo he pagado.
Asiento.
Aprieto el sobre hasta doblarlo.
—¿Quieres algo de beber? —pregunta.
Miro el papel.
—Agua.
Voy hasta la cocina.
Abro el armario de debajo del fregadero. Aparto una bolsa, dos paquetes de servilletas y una botella de aceite.
Al fondo está el tarro de cristal donde acaban todas las cosas que nunca encuentro cuando las necesito: botones, gomas, una llave sin cerradura.
Meto el sobre dentro.
Cierro la tapa.
Lo dejo detrás de la botella de vinagre.
—¿Tienes hambre? —pregunta él desde el salón.
Cierro el armario.
—Un poco.
—Podemos pedir pizza.
—Vale.
