En su lecho de muerte confesó lo impensable: un inocente cumplía condena por su culpa. Sin un ápice de arrepentimiento, nos miró:
—No manchéis mi honor.
Un pensamiento me atravesó: ponerle la almohada sobre el rostro y acabar con aquello. Pero solo esperé.
En el entierro, una mujer se acercó:
—En una hora, en la cafetería Dublín. Un hombre sigue en la cárcel.
El Dublín era un local discreto, sombrío, igual que el camarero, que permanecía apoyado en la barra. La vimos sentada, fría, calculando el peso de su venganza.
—¿Qué tienes que decirnos? —pregunté.
Fue directa:
—Mi padre lleva ocho años encerrado por culpa del vuestro. Sé que eres una mujer de honor y no querrás que esto se sepa. Quiero dinero para asegurarle la vida a mi padre. A cambio, me callo.
Dejó un sobre en la mesa. Dentro había una fotografía de mi hermano ayudando a nuestro padre a colocar la prueba falsa.
Busqué en él una explicación. Un temblor en sus labios y una sonrisa cínica fue lo único que apareció en su rostro.
—Págale, hermana. Papá me metió en esto, pero el apellido es de los dos. Si ella habla, yo voy a la cárcel y la familia se hunde. Paga.
—Mi padre perdió su vida y tú perderás la tuya —sentenció la mujer—. O me dais el dinero hoy o esta foto va a la prensa.
—No voy a pagar un chantaje —dije, sintiendo que el apellido pesaba como una piedra.
—¡Es mi libertad, idiota! —siseó mi hermano, intentando quitarme el sobre.
—Es justicia —repliqué.
Quiero acabar con…
Cojo el teléfono.
—¿Qué haces? —gritó él.
Una voz sonó al otro lado:
—Policía, dígame.
—Quiero denunciar un delito
