El taxista ni siquiera apagó el motor.
—Dos minutos —le dije mientras salía disparado.
Había olvidado el pasaporte sobre la mesita de noche.
Subí los escalones de dos en dos. El aire me quemaba la garganta. Cuando llegué a mi planta, saqué las llaves sin mirar y levanté la vista.
Me quedé inmóvil.
Había una puerta en mitad del pasillo.
No junto a una pared.
No al final del corredor.
En mitad del pasillo.
Una puerta donde, aquella misma mañana, no había nada.
Mi primer pensamiento fue absurdo: estoy en el piso equivocado.
Pero reconocí cada grieta del yeso, cada baldosa rota.
La puerta era nueva. Oscura. Imposible.
Me acerqué.
La madera estaba tibia.
Entonces la toqué.
PUM.
Retiré la mano.
PUM. PUM.
La puerta tenía pulso.
Mi corazón respondió al instante.
PUM-PUM-PUM-PUM.
Demasiado rápido.
«El pasaporte.»
El pensamiento atravesó mi cabeza como un relámpago.
Tenía que cogerlo.
Tenía que irme.
Alargué la mano hacia el pomo.
—No vas a ir a ningún lado.
La voz me atravesó como una aguja helada.
La conocía.
Perfectamente.
Y, sin embargo, era incapaz de recordar de quién era.
Traté de responder, pero la lengua parecía demasiado grande para mi boca.
Las palmas me sudaban. Me las limpié contra el pantalón. La tela raspó mi piel. Aquel roce se volvió extrañamente importante. Más real que el pasillo. Más real que yo.
Miré mis manos.
No parecían mías.
Las moví.
Tardaron una fracción de segundo en obedecer.
—No abras.
La voz sonó más cerca.
Mi respiración se fragmentó. Pequeños sorbos de aire que no llegaban a los pulmones.
El pasillo empezó a alejarse.
O yo.
No lo sé.
Todo se volvió borroso.
PUM.
PUM.
PUM.
Abrí los ojos de golpe.
El despertador chillaba sobre la mesita de noche.
Empapado en sudor, busqué el pasaporte.
Estaba allí.
Solté una carcajada nerviosa.
Un sueño.
Solo un sueño.
Me levanté.
Y me quedé paralizado.
En mitad del pasillo, bloqueando la salida, había una puerta.
