Luis regresó a casa agotado tras la jornada laboral, con el peso de las horas frente a una linea en la fábrica sobre sus hombros. Al abrir la puerta del apartamento, detectó algo extraño en el pasillo: una puerta que jamás había visto, encajada entre las paredes blancas.
El corazón empezó a latir con fuerza. Una mezcla de curiosidad e inquietud lo obligó a acercarse. Escuchó un susurro, una voz que conocía demasiado bien. Era la de su madre, muerta hace 3 años. El nombre de Luis se pronunció con una angustia que cortaba el aire como un cuchillo.
Con las manos temblorosas, agarró el pomo frío y abrió la puerta. Lo que vio no fue una habitación, si no un reflejo de su salón, identico en cada detalle, como si fuera un espejo. Y allí, sentada en el sofá, estaba su madre, viva y real, mirándolo con ojos brillantes y llenos de lágrimas.
—Luis —susurró ella —el tiempo se ha roto. Yo no estoy realmente muerta, al menos no aquí—.
Incrédulo, Luis intentó pedir explicaciones, pero la voz de su madre se volvió urgente: —debes elegir ahora, Luis: puedes volver a tu vida o entrar aquí, donde todavía existo, donde podemos estar juntos de nuevo. Pero no puedes hacer ambas cosas. Tú decides—.
Y Luis decidió.
La puerta empezó a desvanecerse gradualmente, como si fuera humo. Luis comprendió que esa revelación impactante le imponía un dilema imposible: abandonar la realidad para vivir una ilusión o perder la última oportunidad de abrazar a quien realmente lo había amado.
El pecho le ardía de emoción. Dio un último paso hacia esa puerta suspendida entre dos mundos, pero de repente se detuvo. Todo se apagó a su alrededor. La puerta desapareció. Solo quedaba el latido de su corazón y el recuerdo de una voz que no volvería a escuchar jamás.
