Mientras Pablo caminaba junto al río, vio un pez atrapado entre dos piedras. Permanecía inmóvil, era evidente que estaba sufriendo. El sol poniente reflejaba tonos dorados en sus escamas, brillantes como un espejo. Se inclinó y tocó aquel frágil cuerpo con los dedos. Al instante, los ojos del pez se abrieron de par en par. Lo miraron suplicantes, como si reconocieran a un viejo amigo. —Amigo mío —susurró el pez con voz débil —por fin me has encontrado —. Un escalofrío recorrió la espalda del joven. —¿Cómo me conoces? — exclamó Pablo, sin apartar la mirada del pobre pez ni un instante. Quizás, ese ser que buscaba ayuda, sabía de aquellas noches de insomnio que él pasaba frente a la pantalla, buscando quién sabe qué respuestas en el infinito mundo de las redes sociales, perdiéndose en identidades digitales y realidades no vividas. Ese pez representaba una parte de sí mismo, la que no podía escapar, atrapada en un entorno hostil del que él no era consciente, atada por fuertes e invisibles cadenas. —Libérame —suplicó el pez—, y a cambio te devolveré la autenticidad que has perdido, junto con la capacidad de vivir cada momento de tu vida con naturalidad, sin volver a caer jamás en el engaño oculto de la red y sus trampas secretas—. Pablo levantó la piedra que aprisionaba al pez. Ese gesto presagiaba un renacimiento personal, pero representaba un acto de consciencia que también destrozaría su propio destino. Tenía miedo. Esa elección era también el salto en un limbo que lo obligaría a enfrentarse a la soledad, a la incertidumbre, a la vida en toda su esencia, a veces reconfortante y a veces cruel. Miró al pez por última vez y lo dejó desaparecer en el río. En el silencio y inmerso en aquella naturaleza inmaculada, sintió que despertaba en su interior una conciencia de la que nunca antes había percibido. De repente, le invadió una sensación de autenticidad que habría chocado con cualquier algoritmo existente. El día de la resurreción había llegado, para Pablo. A partir de aquel momento, había que lidiar con cada día de su vida.
Libero Passo
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