Toda la mañana intentando pescar algo, un cangrejo, lo que sea. Y nada.
Estoy a punto de recoger cuando me cruzo con un individuo bien raro. Unos metros río abajo comienza a hablar solo. O eso parece.
No me fío un pelo y me voy acercando despacito. Me escondo detrás de una mata.
Esto no se lo cree nadie.
Que está hablando con un pez.
—Fran, libérame.
Dios mío, es el pez el que habla.
Y él lo mira con pena.
Lo va a devolver al río.
De eso nada.
Salgo de mi escondite.
—Espera. ¿Has oído lo mismo que yo?
Fran asiente, pálido.
El pez gira la cabeza y me mira.
—Claro que me has oído. Vivís pegados a las pantallas, pero escuchar seguís escuchando.
Tiene razón y eso me molesta.
—¿Quién eres? —pregunto.
—Alguien que puede conceder deseos. Uno por cada persona que me ayude.
Fran sonríe. Yo también.
Error.
Fran pide una moto nueva. A la mañana siguiente la tiene aparcada en la puerta.
Yo pido diez mil seguidores para mi canal. Los consigo en una noche.
Luego Fran quiere un coche eléctrico. Después una casa con piscina. Yo quiero contratos, viajes, entrevistas y millones de visualizaciones.
Y cada vez que queremos algo más, volvemos al río.
El pez siempre espera entre las mismas piedras.
—¿Algo más? —pregunta.
Nunca decimos que no.
Hasta que una tarde llegamos y el río está casi seco.
El pez apenas puede respirar.
—Un último deseo —susurra.
Fran y yo nos miramos.
Tengo preparada una lista entera en el móvil.
Pero por primera vez veo el cauce vacío, los peces muertos en la orilla y la basura flotando entre el barro.
Todo lo que nos había dado había salido de algún sitio.
—No quiero nada —digo.
Fran guarda el teléfono.
—Yo tampoco.
Entonces levantamos las piedras y lo devolvemos al agua.
El pez desaparece bajo la corriente.
Al volver a casa, la moto, el coche, los contratos y los millones de seguidores han desaparecido.
Todo ha vuelto a ser como antes.
Todo menos una cosa.
Al día siguiente el río vuelve a correr limpio y lleno de vida.
Y por primera vez en mucho tiempo, nos parece suficiente.
