El deseo del pez
Paseaba por la playa cuando vi un pez de un colorido extraordinario atrapado entre dos rocas.
No se movía.
Durante un largo rato me quedé observándolo. Me parecía injusto verlo allí, tan indefenso y tan hermoso a la vez. Había algo en él que me impedía seguir caminando.
Al final moví una de las rocas para que pudiera salir.
Entonces el pez abrió los ojos.
Me miró.
Y pronunció mi nombre.
Sentí un estremecimiento.
Antes de que pudiera preguntarle cómo era posible, insistió:
—Mueve también la otra roca.
Lo hice.
Cuando quedó libre, permaneció unos instantes junto a mí, balanceándose suavemente con el movimiento del agua.
—Pide un deseo —dijo.
Pero en aquel momento no supe qué responder.
Le prometí que cuando descubriera lo que realmente quería volvería a buscarlo.
No se lo conté a nadie.
Sabía que todos tendrían algo que aconsejarme. Unos hablarían de salud. Otros de dinero. Otros de viajes, éxito o amor.
Pero quería descubrir por mí misma qué era aquello que verdaderamente necesitaba.
Así comenzaron mis visitas a la playa.
Volvía una y otra vez.
A veces el pez aparecía a lo lejos, serpenteando entre las olas y mostrando sus colores bajo la luz del sol. Nunca se acercaba demasiado. Parecía esperar.
Yo me sentaba en la arena y observaba el mar.
Al principio creía que estaba allí para encontrar una respuesta.
Después comprendí que estaba allí porque me gustaba estar allí.
Las mañanas fueron pasando.
Poco a poco me hice adicta a algo que jamás había valorado: el silencio.
Estar en silencio.
Respirar.
No esperar nada.
Y un día comprendí que aquello que llevaba tanto tiempo buscando ya lo tenía.
Me gustaba a mí misma.
No necesitaba una vida distinta.
No necesitaba convertirme en otra persona.
Pasaron los meses.
Aquel día el sol brillaba con más intensidad que de costumbre. El mar estaba en calma.
Mi mente también.
Entonces el pez apareció frente a mí.
—Te he dado mucho tiempo —dijo—. ¿Ya tienes tu deseo?
Lo miré.
Y antes de responder sentí una gratitud inmensa por todo aquel tiempo de espera.
—Sí —contesté—. Quiero aceptar la vida tal y como se presente.
El pez pareció desconcertado.
Sus aletas se movieron lentamente bajo el agua.
—Jamás me habían pedido algo así.
Guardó silencio unos instantes.
—Pero es tu decisión.
Entonces se alejó.
Mientras nadaba, sus escamas brillaban con más colorido que nunca. Durante unos segundos pareció formar parte del sol, del mar y del cielo al mismo tiempo.
Lo observé marcharse con serenidad.
Con amor.
Y también me desprendí de la necesidad de volver a verlo.
Porque comprendí que aquello que admiraba en él no estaba solo en él.
Estaba en el mar.
Estaba en la luz.
Estaba en la vida.
Y también estaba en mí.
Sentí entonces el amor más inmenso que había conocido jamás.
No era un amor que quisiera poseer nada.
No era un amor que pidiera nada.
Era simplemente la alegría de formar parte de todo aquello.
El pez desapareció en el horizonte.
Y por primera vez no sentí ninguna pérdida.
Solo una profunda sensación de plenitud.
