Respuesta al reto: La sorpresa

Respuesta al reto: La sorpresa

Por Max fox

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El aire en el recibidor pesaba más de lo habitual, cargado con ese aroma metálico que precede a las tormentas. Elena cerró la puerta sin hacer ruido, dejando las llaves sobre la consola con una delicadeza quirúrgica. Llevaba semanas habitando un hogar de sombras: camisas con olores ajenos, madrugadas de susurros truncados y esa distancia glacial que Julián interponía entre ambos como un muro invisible.

Hoy, la sospecha había cristalizado en una certeza hirviente.

Avanzó por el pasillo. El silencio de la casa era absoluto, roto solo por el crujido del parqué bajo sus botas. Al llegar al umbral del salón, el corazón le dio un vuelco violento. Allí, de espaldas junto al ventanal, recortada contra la luz mortecina del atardecer, vio la silueta.

No era Julián. O al menos, no el Julián que ella conocía.

Llevaba un vestido de seda azul cobalto que se ceñía a una cintura estrecha, y una melena castaña caía en ondas perfectas sobre los hombros. La figura permanecía inmóvil, observando el jardín, sosteniendo una copa de vino con una elegancia que a Elena le pareció un insulto. Era la confirmación física de su deshonra; la amante ni siquiera se escondía, ocupaba su espacio, bebía de su cristal.

La sangre le rugió en los oídos, anulando cualquier rastro de lógica. Elena no gritó. No pidió explicaciones. El resentimiento acumulado durante días de silencios se transformó en una energía cinética pura. Se abalanzó con la velocidad de un animal herido.

Enterró los dedos en los hombros de la figura, tirando de ella hacia atrás con una fuerza descomunal, mientras su otra mano buscaba el rostro para desgarrar esa calma impostada.

—¡Fuera de mi casa! —bramó, justo cuando la figura perdía el equilibrio.

El giro fue torpe, pesado. Al caer sobre la alfombra, la peluca se desplazó, revelando la nuca rasurada y la mandíbula tensa que Elena había besado cada mañana durante diez años. Los ojos de Julián, muy abiertos y maquillados con una sombra oscura que ahora se emborronaba por el pánico, buscaron los de ella. El vestido azul se rasgó en el hombro, dejando ver el vello del pecho y la piel erizada.

Él intentó hablar, pero solo emitió un jadeo seco. El juego —esa extraña transgresión con la que pretendía "provocarla" o quizás encontrarse en el reflejo de otra persona— se había roto antes de empezar.

Elena retrocedió hasta golpear la pared, con las manos aún temblando por el esfuerzo del ataque. En el suelo, entre seda y rímel corrido, no encontró a una rival. Solo encontró el cadáver de su confianza, personificado en un hombre que prefería disfrazarse de extraña antes que decirle la verdad.

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