Le agarró del brazo, soltando un grito de guerra, a la vez que tiraba de su pelo. Él, sorprendido, no pudo pronunciar palabra. La peluca que con tanto esmero había preparado quedó enredada delante de su cara, impidiéndole ver otra cosa que no fueran sus propios pies. Sintió un filo frío en la garganta.
Abrió la boca, pero antes de que pudiera decir nada, algo grande y consistente se introdujo en ella. Intentó hablar, pero solo podía producir ruidos ininteligibles.
—Te arrepentirás de acostarte con mi marido —susurró Amanda en su oído—. Por si te lo preguntas, sí, lo que sientes en la garganta es un cuchillo, así que te aconsejo que no te muevas mucho.
Pestañeó y todo se volvió oscuro. El clic de la cerradura de las esposas llegó hasta sus oídos. ¡No lo podía creer! Solo quería gastarle una broma; no entendía cómo había acabado con una tela tapándole la cabeza, un cuchillo en su garganta y una manzana casi desencajándole la mandíbula.
¿De verdad esta era su mujer? ¿Esa tierna mujer que le acariciaba hasta dormirse y le preparaba el café todas las mañanas? No, no era posible, tenía que ser un sueño. Sí, una pesadilla.
—Mi marido, tu querido amante, no volverá hasta la noche y, como ya debes de saber, yo soy policía. Si tenías alguna esperanza, espero que sepas que no vas a salir de aquí viva —dijo, mientras lo sentaba a trompicones en una silla.
Tenía que conseguir quitarse la tela de la cabeza, para que le reconociera y terminar esa pesadilla. Siguió intentando hablar, cada vez más fuerte, pero ella no parecía reconocerle. «Por favor, Amanda. Tú no eres así», se repetía a sí mismo. La saliva se acumulaba en su boca y empezaba a resbalar por la comisura del labio.
De repente, una gran carcajada salió de la garganta de Amanda. El brillo cegó los ojos de su marido cuando le retiró la tela. Parpadeó, confuso, todavía mordiendo la manzana. Ella sonrió y le retiró la fruta de la boca.
—Perdón, ya no podía aguantar más. ¿Qué te ha parecido un poco de tu propia medicina?
—¿Cómo? ¿Qué… —preguntó Juan, balbuceando. Miró su sonrisa y entonces se dio cuenta—. No me lo puedo creer. ¿Me estabas tomando el pelo?
Amanda volvió a carcajearse mientras le pellizcaba juguetonamente la mejilla.
—¡Pues claro! Llevaba varios días pensando que algo tramabas. De verdad que llegué a pensar que me estabas engañando, pero cuando te he visto dándome la espalda con mi ropa y esa peluca puesta… La cosa se ha puesto clara.
—¡Serás…! ¡Quítame las esposas! —rugió Juan.
—Así aprenderás a no hacerme estas bromitas, cariño. ¿En serio creías que mataría a tu amante?
