Se quedó mirando la pantalla de su teléfono, paralizado. De repente, dio un respingo.
«Lo enterramos. Nadie preguntará por él. Borra este mensaje».
Tecleó en la pantalla, los dedos frios y temblorosos, pero el número no aparecía en sus contactos. Desde la cocina llegó la voz cálida de su madre:
—David, la cena está lista.
Se sentaron uno frente al otro, como siempre hacían.
—Por cierto, David...
Pero David estaba distraído, tecleando en su teléfono, respondiendo a aquel mensaje.
En ese preciso instante, el teléfono de su madre emitió un zumbido seco.
Él levantó la vista hacia ella. El teléfono se le resbaló de las manos.
—David, ¿estás bien?
—¿Eh? Sí, claro...
—Al final he tomado una decisión, ¿sabes?
—¿Qué... qué has decidido, mamá?
—He cambiado de número; luego te lo daré.

