El teléfono vibró. Miró la pantalla y frunció el ceño.
«Ya lo enterramos. Nadie va a preguntar por él. Borra este mensaje».
No reconocía el número. Tocó la foto de perfil: una mujer con un bebé en brazos.
—¿Pero qué demonios…?
Escribió: «Disculpe, creo que se equivocó de número».
La respuesta llegó enseguida.
«No me digas ahora que perdonás todo lo que te hizo ese malnacido».
Pensó en su jefe. En los años de explotación, los insultos y aquella última discusión. «Ojalá desaparecieras para siempre», había dicho. ¿Cómo podía saberlo?
Entonces una vecina se acercó a la mesa.
—¿Te enteraste? Encontraron el auto de tu jefe en un baldío. No saben dónde está. ¿Sabés algo?
Tragó saliva. Se pasó un pañuelo por la frente y alzó las cejas.
—Ni idea.
El teléfono volvió a vibrar.
«No me lo agradezcas todavía. En un tiempo pasaré a cobrar la deuda».
