El móvil empieza a vibrar en su bolsillo. Un número desconocido.
«Ya lo enterramos. Nadie va a preguntar por él. Borra este mensaje».
Se queda inmóvil. Lee otra vez. Siente un nudo en la garganta. No es para él. Está seguro.
O quizá no.
«¿Sabe lo que ha hecho?», escribe. Se arrepiente nada más enviarlo.
La respuesta llega enseguida:
«Tú no me conoces».
El teléfono resbala entre sus dedos.
«Se ha equivocado de número», teclea.
Tres puntos aparecen en la pantalla. Desaparecen. Vuelven a aparecer.
«Eso mismo dijiste la última vez que hablamos».
