Erda, no abrí. Me quedé puyá en el piso, lejos del espejo.
La flaca alta de capucha negra seguía ahí, en el callejón de mi cuarto, tiesa. El pelao lampiño ya había terminao la nota con mi letra, apurao, sobándose el bozo.
La puerta dejó de joder.
El toc toc ahora venía de mi espalda. Del armario viejo que nunca abro.
Ahí caí en cuenta. Lucía no quería entrar. Ella ya estaba adentro, esperando que yo saliera pa' cogerme el puesto.
El frío me subió por las piernas. Me quedé sin aire.
`«Y entonces, desde dentro del armario, alguien dijo mi nombre.»`
