- ¡Uno, dos, tres, cuatro!- repetía sin cesar con voz sorda mientras arrastraba el maltrecho cuerpo de un infante.
- ¡Yo sé muy bien que estás en el cuarto!- sonreía malsano, con el cabello arremolinado en los labios.
Había acabado con Lidia, Ángela y Sara. Utilicé el torso del niño como un brutal mazo para reventar el armario, salpicando las paredes de sangre y desesperación. Con jirones de carne y hueso en la mano, exhausto y sin aliento, solté todo lo que cargaba.
Y entonces, desde dentro del armario, alguien dijo mi nombre.
