La lluvia golpeaba los cristales de la ventana fundiéndose con el llanto que recorría el rostro de Sara. En el comedor, el silencio era absoluto. Sollozos y suspiros de angustia interrumpían su respiración, el entorno era cargado de una tensión extrema.
Mario permanecía inmóvil, incapaz de mirarla en la cara.
—¿Qué has hecho? —susurró ella, la voz rota por el dolor—. ¿Te olvidaste de todo lo que pasamos juntos, de las promesas, de las noches sin dormir?
Mario bajó la mirada.
—Por Dios...no era esto que quería...—intentó justificar, pero sus palabras se perdían en el aire denso de la habitación y tenían poco sentido.
Sara negó con la cabeza, con lágrimas que ya no podía contener.
—Eres un cabeza de mierda—. El insulto salió de su boca con rabia mezclada a tristeza, decidido como un veredicto, quizá cargado de años de heridas ocultadas, hasta ese momento.
Él la miró, sorprendido por la rudeza y por la verdad que contenía. Era más que un insulto; era el resultado de una relación destrozada, de confianza rota, de un amor transformado en traición.
—Pensé que nuestro amor era inquebrantable —dijo ella— Pues, me equivoqué. Y ahora mira, todo ha desvanecido—. Lo dijo gritando y mirando fijamente en los hojos de él, como para enfatizar el vacío entre ambos—. —Esto nos mató. ¡No hay vuelta atrás!—.
Un suspiro pesado escapó de sus labios, y luego otra vez el silencio. La lluvia afuera no parecía tan intensa como la situación límite que ambos estaban viviendo.
