Me gusta tu enfado
El humo del tabaco llenaba toda la habitación. Las cervezas, una tras otra, delante de nosotros.
Empezaste a contarme historias que ya te había oído mil veces. Tu boca ya estaba pastosa. Te enroscaste en aquella conversación sin pies ni cabeza. Sabías que la odiaba. Nunca lo contabas como fue. Siempre inventabas algo.
Me enfadé y subí la voz.
—No es la verdad y tú lo sabes.
Él me contestó:
—¿Qué verdad? ¿La tuya? Eres un cabeza de mierda.
Me sentí humillado. Me hirió.
Me acerqué despacio, lleno de rabia. La cabeza me ardía, los ojos inyectados en sangre. Quería justicia y lo cogí del cuello.
Él ya estaba borracho y solo dijo:
—No te pongas así. Ya lo sé. Me gusta tu enfado.
