Hacía una semana que mi gato había muerto.
—Los ratones deben de estar celebrándolo —murmuré al escuchar el primer golpe en el techo.
Busqué el palo de la escoba. Estaba a punto de darles un escarmiento cuando oí algo más. No eran carreras ni arañazos. Eran pasos. Lentos. Como si alguien caminara sin levantar los pies del suelo.
Dejé la escoba apoyada en la pared.
No era la primera vez que cambiaba de vivienda por culpa de los vecinos. Pero aquello no tenía sentido. Vivía en el último piso.
Los pasos volvieron a sonar. Esta vez parecían dirigirse hacia la cocina.
La calefacción llevaba encendida toda la tarde, pero tenía los dedos helados. Al exhalar, una nubecilla blanca se dibujó frente a mi cara. Un olor a ropa húmeda, a armario cerrado durante años, se extendió por el pasillo.
Recordé a la mujer del parque. Siempre sentada en el mismo banco. Esta mañana no paraba de mirarme. Antes de marcharme, se había acercado y me había dicho:
—No importa cuántas veces cambies de casa, hay cosas que viajan contigo.
Yo me había reído.
Avancé pegado a la pared, conteniendo la respiración. Los pasos se detuvieron.
También yo.
Entonces oí un roce metálico sobre mi cabeza. Algo pesado se arrastraba lentamente por el suelo de arriba.
Me llevé una mano a la boca.
El pomo de la puerta de la cocina comenzó a girar.
Y desde el techo, justo encima de mí, alguien dio tres golpes.
Como si estuviera llamando.
