Desperté en mitad de la noche. Me levanté y caminé hasta el espejo del armario. No había nadie.
Me acerqué. Toqué el cristal. Detrás de mí, la cama seguía ocupada.
Era yo.
Estaba tendido boca arriba, con los ojos abiertos, inmóvil.
Quise gritar. Mi boca no respondió. Intenté acercarme, sacudirme, despertar aquel cuerpo que parecía observarme desde las sábanas. Pero mis piernas no obedecían.
Entonces desperté.
Tenía la almohada empapada y el corazón golpeándome las costillas. Permanecí un rato sentado, recuperando el aliento.
La claridad del amanecer entraba por las persianas.
Me levanté, abrí el armario y busqué una camisa. Una corriente helada me rozó la nuca. Cerré las puertas de golpe.
Y entonces, desde dentro del armario alguien dijo mi nombre.
