Sentí que las piernas me cedían. Miré hacia el pasillo, hacia aquella puerta que llevaba años manteniendo cerrada.
—Papá ya no vive aquí, tesoro.
—Ya lo sé. Está conmigo.
Quise gritar, pero él continuó, con aquella inocencia que todavía me destrozaba.
—Mamá, ¿por qué llorabas aquella noche? Yo no quería guardar el secreto. Te prometo que no volveré a contárselo a nadie.
Cerré los ojos. Recordé sus uñas arañando la madera, mi mano sobre su boca, la sangre bajo la alfombra.
—Te quiero, mi vida —conseguí decir.
—Entonces, ¿por qué no me abriste cuando papá me enterró vivo?
La llamada se cortó.
Y alguien giró el pomo desde el otro lado.
