—Ahora te abro, cariño.
Aparté la sábana sin dejar de mirar a mi marido. Dormía de espaldas, con una mano bajo la almohada.
—Mamá, ¿por qué habéis cambiado la cerradura?
Sonreí. Qué tontería. Si llevaba un año muerto.
—Papá guardó el hacha en el altillo —susurró mi hijo.
Se me helaron los dedos alrededor del teléfono.
—Fue un accidente.
El colchón crujió a mi lado.
—Mamá, no le dejes abrir la puerta.
Mi marido se incorporó. En la oscuridad, su mano buscó la mía. Quise gritar, pero él me acarició los nudillos, uno por uno, como hacía siempre que necesitaba que me callara.
Al otro lado, mi hijo sollozó.
—Mamá, corre.
Y entonces mi marido sonrió.
—¿Quién te llama, cariño?
