El gato de la ventana
Llegamos después de un fin de semana movido. Susan había vuelto de un viaje del que no hablaba, y yo preferí no preguntar. Entramos a la habitación y abrió las cortinas. El jardín se iluminó; estaba hermoso, de un verde limón cubierto por el rocío de la llovizna. Una ráfaga de sol se abrió paso entre las nubes.
—Cierra un poco —le dije—, pero no del todo, la tarde está hermosa. Voy a echar una siesta.
Me quité los zapatos y me estiré. Al mirar hacia la ventana, escuché un ruido junto a mis pies.
Un gato atigrado, de franjas oscuras, estaba al pie de la cama. Se trepó despacio, fijando en mí una mirada cazadora. Estiré el brazo para espantarlo. Yo no tengo gatos desde que era un niño.
—Ushh... ushh...
Saltó. Clavó sus garras en mi brazo y mi pecho. Sentí el peso del animal aplastándome.
—¡Susan, hay un gato!
—¡¿Qué?! —gritó desde el otro lado.
—¡Hay un gato!
A cada manotazo, las garras se enterraban más profundas en mi piel. Retrocedí en la cama con el animal pegado al cuerpo. Sus ojos verdes se agrandaban con un vacío aterrador. Lo tomé del lomo con la mano derecha y en ese momento me clavó los caninos. Solté un alarido sacudiendo al animal.
Susan entró corriendo, temblando.
—¡La ventana! —le grité—. ¡Abre la ventana!
Tropezó con la lámpara, se incorporó y jaló el marco. El gato, de un brinco, se perdió en la luz del jardín. Yo me quedé en la cama, ensangrentado, con las sábanas pegadas al cuerpo.
—¿De dónde salió esa fiera? —balbuceé.
Susan rompió a llorar:
—De mis pesadillas, Frank... De mis pesadillas.
Carajo. Volverá.
Susan se secó las lágrimas y salió de la habitación sin decir nada más. Yo me quedé sentado en la cama, mirando la ventana abierta, el jardín verde limón, el rocío. Y entonces lo vi.
En el marco de la ventana, donde el gato había saltado, había un collar. Pequeño, de cuero gastado, con una placa de metal. Me levanté, cojeando, y lo recogí. La placa tenía un nombre grabado: Susan.
No era el nombre de mi mujer. Era el nombre de la gata que había tenido cuando era niño. La que se murió ahogada en un balde de agua, en el patio de la casa de mi madre. La que yo mismo había encontrado flotando, con los ojos verdes abiertos, y nunca le conté a nadie.
Susan volvió a entrar. Me vio con el collar en la mano y no dijo nada. Solo se sentó en el borde de la cama, con la misma calma con la que había abierto las cortinas.
—No era una pesadilla —dijo—. Era un recuerdo.
Y yo supe, en ese momento, que el gato no había venido de sus pesadillas. Había venido de las mías.
