—¡Me tenés harta, Juan! ¿Acaso no te enseñé a limpiar los platos después de comer? ¡Eh! ¡Decime! ¿Qué querés? ¿Que siga fregando la sangre de los pisos? ¿Que me pase las madrugadas llevando tus porquerías al río?
Se acomodó la bata y miró las manchas oscuras debajo de sus uñas.
—Ya sos grandecito. Hacete cargo de lo que hacés. Yo no voy a estar toda la vida limpiándote las porquerías.
Colgó sin despedirse.
