La lluvia golpeaba suavemente las ventanas cuando sonaron tres golpes en la puerta. Eran las cuatro de la madrugada. Los reconocería entre mil. Después escuché una llave intentando abrir. Una y otra vez. Ya no encajaba.
El teléfono comenzó a vibrar sobre el buró.
La pantalla iluminó la habitación.
Observé.
Mi hijo.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Ese número llevaba un año desconectado.
Contesté con las manos temblando.
—¿Mamá? ¿Por qué has cambiado la cerradura de la puerta?
Apreté el teléfono contra mi oído. Las lágrimas nublaron mi vista.
—Tú ya no vives aquí, hijo. ¡Ya no estás aquí! ¡Desde tu accidente!
Mi mano alcanzó el picaporte. Bastaba un giro para abrir. Contuve el aliento. Si él estaba muerto... ¿quién intentaba entrar?
Quise decirle cuánto lo extrañaba, cuánto necesitaba volver a abrazarlo.
Colgué.
Silencio.
Solo escuché la llave tratando otra vez.
Y el teléfono...
Sigue sonando.
