Respuesta al reto: La escena del tren

Respuesta al reto: La escena del tren

Por Clara Leiva

Clara Leiva

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¿Qué está haciendo aquí?

A lo mejor está esperando a alguien.

¿A quién?

Qué tontería.

Nadie va a venir.

Camino de un extremo al otro del andén. Me sudan las manos. Me las seco contra el abrigo y vuelven a humedecerse enseguida.

Él está ahí.

Pero no debería estar.

Hace meses que no lo veo.

Cuando levanto la mirada, está observándome.

Aparta los ojos.

Yo también.

El reloj marca las 18:42.

Faltan tres minutos.

Me toco la muñeca sin darme cuenta. Todavía puedo recordar sus dedos alrededor de mi muñeca aquella noche.

El tren aparece al fondo.

Él se incorpora.

—No subas.

Su voz llega antes que él.

Me quedo quieta.

—¿Qué?

Se acerca, pero se detiene a unos pasos.

—Por favor.

Una risa seca se me escapa.

—¿Ahora te importa lo que haga?

Baja la mirada.

No responde.

Eso me duele más de lo que debería.

Las luces del tren nos alcanzan.

Doy un paso hacia la puerta.

Él da otro hacia mí.

—No sabes quién va dentro.

—¿Acaso tú lo sabes?

—Sí lo sé.

Las puertas se abren.

La gente empieza a subir.

Aprieto el sobre que llevo en el bolsillo.

Lo encontré esta mañana en mi buzón.

No tenía remitente.

Lo abrí sin pensar.

Dentro había una fotografía.

Yo, dormida.

Mi habitación.

La ventana.

Y detrás del cristal, una sombra.

Solo después me fijé en el sobre.

No tenía dirección. Solo un código postal. No era el mío.

Ni siquiera estaba escrito a mi nombre.

Subo.

Mi pie tropieza con el escalón y una mano me sujeta del brazo.

—Cuidado.

La voz me hiela la sangre.

No sé por qué.

Las puertas se cierran.

Me vuelvo hacia el cristal.

Él sigue allí.

El tren arranca.

La luz del vagón parpadea.

Una vez.

Dos.

Y en el cristal aparece otro rostro, reflejado justo detrás de mí.

No me atrevo a girarme.

Miro la mano que todavía me sujeta.

El anillo.

La cicatriz junto a la ceja.

De pronto recuerdo aquella noche.

No el accidente.

No la caída.

No el momento en que todos dijeron que ella había desaparecido.

Recuerdo una voz.

La misma voz que acaba de susurrar junto a mi oído:

—Por fin has vuelto.

Y entonces comprendo por qué él no quería que subiera.

No estaba intentando impedir que me marchara.

Estaba intentando impedir que recordara.

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