No debía haber vuelto.
La frase lleva horas girando en mi cabeza. La repito sin mover los labios mientras miro por la ventana. Los árboles pasan al otro lado del cristal, borrosos, como si los estuviera viendo desde muy lejos.
Aprieto el reloj de bolsillo entre los dedos. El metal está frío. Paso el pulgar por la tapa.
No debía haber vuelto.
Un pequeño bandazo hace temblar el vagón. El reloj se me escapa.
—Se te ha caído.
Una mano lo recoge antes que yo.
Levanto la mirada. Y entonces lo veo.
No sé por qué tarda tanto en devolvérmelo.
Abre la tapa.
Dentro está la fotografía.
Se me encoge el estómago.
—Gracias.
Se lo arranco de la mano y cierro la tapa de golpe.
Entonces el tren grita. Un chirrido afilado, como cuchillas arrastrándose sobre el metal.
El suelo desaparece. La ventana explota. Algo me golpea en la cara. Intento agarrarme, pero mis dedos encuentran aire.
Caigo.
Un golpe seco en la espalda.
Otro.
Metal retorciéndose. Cristales. Gritos.
Las luces se apagan.
Durante un segundo no escucho nada.
Nada.
Después, un pitido agudo dentro de mis oídos.
Intento respirar.
No puedo.
Algo pesa sobre mi pecho. Empujo. No sé qué estoy apartando. Una maleta. Un asiento. Un cuerpo.
El olor me llega de golpe: polvo, plástico quemado, hierro caliente. Sangre.
—Ayuda.
No sé si lo digo yo.
La luz roja de emergencia parpadea.
Una vez.
Oscuridad.
Otra vez.
Veo una cara cubierta de sangre. Un brazo doblado entre dos asientos. Zapatos. Cristales clavados en la tapicería. Alguien llora.
No sé dónde estoy.
El vagón está de lado.
O soy yo la que está de lado.
Intento incorporarme.
Una mano me agarra el tobillo.
Grito.
Tiro de la pierna.
—Espera.
La voz.
Me quedo quieta.
Miro hacia abajo.
Está atrapado bajo una viga de metal. Tiene la frente abierta. La sangre le baja hasta el ojo.
Lo miro.
No.
No puede ser.
La cicatriz junto a la ceja.
Los mismos ojos.
Él.
Una corriente helada me sube desde el tobillo hasta la garganta.
Quiero correr.
Quiero dejarlo.
Quiero salir de aquí.
Su mano sigue cerrada alrededor de mi pierna.
—No me dejes.
Busco el aire.
Entonces veo el reloj entre los hierros, junto a su mano.
La tapa está abierta.
La fotografía ya no está.
