Respuesta al reto: El padre

Respuesta al reto: El padre

Por Amparo Valdearcos Quintin

Amparo Valdearcos Quintin
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Concordancias

Cuando subí por aquella escalera, sucia, oscura y cargada de un olor a podredumbre, sabía perfectamente cómo reaccionarías. Había cosas que el tiempo borraba y otras que se quedaban pegadas a la piel como humo viejo.

Llamé a tu puerta. Aun con los ojos cerrados, la habría encontrado. Demasiadas noches entrando y saliendo de aquel edificio, demasiados besos robados, demasiadas caricias escondidas en la oscuridad; noches interminables entre música demasiado alta, humo suspendido en el aire y promesas dichas a media voz, como si el amanecer tuviera la costumbre de cobrarlas.

Esperé.

Eras incapaz de abrir de inmediato; para ti cualquier llamada a la puerta podía ser el casero o alguno de aquellos a los que te debías dinero.

—¡Álvaro! —grité.

Y entonces apareciste.

Apareciste como lo que ya eras: un guiñapo sosteniendo a duras penas tu propio cuerpo. Los ojos hundidos, la piel cansada, la expresión perdida de alguien que llevaba demasiado tiempo huyendo de todo.

Me miraste unos segundos.

—¿Quién eres?

Por un instante pensé que al menos guardarías algún recuerdo de mi cara.

Había compartido muchos años de tu vida.

Había compartido tus noches, tus excesos, tus caídas. Te vi reír, te vi romperte y te vi prometer cosas que jamás pensabas cumplir.

Pero apenas me miraste y trataste de cerrar la puerta.

Puse la mano antes de que lo hicieras.

—Álvaro, no quiero nada. No traigo reproches, ni siquiera explicaciones. Solo quiero que sepas algo que te concierne.

Entonces levantaste la mirada. Ya no quedaba nada en ella; ni rabia ni sorpresa. Solo cansancio. Solo derrota.

Saqué los papeles y te los tendí.

Los cogiste con desgana, como quien recibe una factura cualquiera. Tus ojos recorrieron las líneas sin interés hasta detenerse en una frase:

Probabilidad de parentesco: 99,99 %.

Esperé algo.

No preguntaste nada.

Ni un nombre.

Ni una edad.

Ni siquiera si era niño o niña.

Solo una sonrisa amarga pareció descolgarse de tu boca, cansada, rota.

—Otro desgraciado.

Y cerraste la puerta.

El golpe seco resonó en todo el pasillo.

Me quedé delante de ella, inmóvil, mirando la madera desconchada, esperando algo que tú nunca me habías dado.

Respuestas.

Pero al otro lado solo había silencio, roto por un dolor que parecía desgarrarse lentamente.

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