La luz blanca no parpadea. No hay sombras donde esconderse.
El hombre entra sin mirar atrás, como si la puerta fuese a desaparecer en cuanto la suelte. Se queda un instante de pie, escuchando el zumbido leve de los tubos fluorescentes, y luego empieza a desvestirse con movimientos medidos, casi ceremoniales. La camisa doblada, el cinturón enrollado, los zapatos alineados bajo la camilla.
No tiembla. Pero respira como si le costara.
El sobre lo deja sobre la mesa metálica. No lo empuja. No lo mira. Solo lo deposita, con cuidado, como si dentro hubiera algo vivo.
—Hazlo.
La otra persona no responde.
Guantes de látex. El sonido seco al ajustarlos. Un cajón que se abre. Instrumentos que no tintinean, sino que descansan en silencio, como si ya supieran su papel.
El hombre se tumba. Mira al techo. Hay una grieta fina que cruza una de las placas, casi invisible, como una cicatriz antigua. Sonríe al verla.
—No hace falta que hables —añade—. Prefiero que no lo hagas.
Un paño frío le roza la piel. El olor le llega tarde, limpio, clínico, ajeno a todo lo demás. Cierra los ojos un segundo y los vuelve a abrir.
—¿Cuánto tiempo?
Silencio. Luego, un gesto. Dos dedos alzados.
Asiente.
Su mano busca el borde de la camilla. No para agarrarse. Solo para comprobar que sigue ahí.
—Está bien.
Algo metálico se acerca. Se detiene. Se retira. Vuelve a acercarse, esta vez más decidido.
El hombre traga saliva.
—Si me muevo…
La respuesta es un leve toque en el hombro. Firme. Inapelable.
Entonces el sobre se desliza. Apenas un centímetro. Suficiente para que el borde se abra y deje ver el interior: billetes nuevos, todos iguales, todos perfectamente ordenados.
El hombre gira la cabeza hacia él. Durante un segundo parece arrepentirse. O recordar algo. No queda claro cuál de las dos cosas.
—No quiero despertarme —dice.
Esta vez sí hay respuesta.
No palabras. Solo una pausa más larga de lo necesario.
Después, el sonido
