Respuesta al reto: La cabeza

Respuesta al reto: La cabeza

Por Amparo Valdearcos Quintin

Amparo Valdearcos Quintin
98 historias•3 seguidores
3 seguidores
2 min de lectura
3 visualizaciones

La cabeza

Nunca había celebrado aquella tradición de mi pueblo.

Cada vez que preguntaba por ella, mi madre desviaba la mirada y cambiaba de tema.

Aquel año insistí en participar. Siempre me había intrigado aquella fiesta nocturna en la plaza. Mis primos me recibieron con palmadas en la espalda y una advertencia dicha entre risas nerviosas:

—Haz lo que quieras… pero no mires a los ojos del carnero.

La hoguera ardía en el centro. Sobre ella, clavada en una estaca ennegrecida, presidía la cabeza del animal.

Los hombres bailaban alrededor del fuego, bebían y gritaban canciones antiguas. Las mujeres observaban desde los márgenes, en silencio, como si aquello no les perteneciera.

Al principio reí con ellos. Bebí. Bailé.

Pero la celebración fue embruteciéndose. Los cuerpos chocaban, las voces se convertían en alaridos y algunos golpeaban con palos la cabeza chamuscada, como si quisieran despertarla.

Entonces escuché un grito.

No venía de la gente.

Venía de dentro de la hoguera.

Busqué a mi primo Julio, desencajado, sudoroso, danzando como poseído.

—¿No oyes eso? —grité—. ¡Hay alguien ahí dentro!

—No mires —respondió sin detenerse—. Sigue bebiendo.

Pero ya era tarde.

Giré la cabeza.

Y vi unos ojos.

No eran ojos muertos.

Me miraban.

Suplicaban.

Una boca ennegrecida se abrió en una mueca imposible de dolor.

De las llamas emergió una figura humana, carbonizada, retorciéndose mientras intentaba escapar del fuego.

—¡Corred! ¡Hay que sacarlo!

Nadie dejó de bailar.

Corrí hacia la hoguera.

Metí los brazos entre las llamas y traté de sacar aquel cuerpo. Mi piel ardía. El fuego me mordía hasta el hueso.

Y entonces recordé.

Yo era un niño.

Mi madre me arrastraba fuera de aquella misma plaza mientras gritaba. Me cubría con su cuerpo contra la tierra, llorando.

Con un susurro desesperado me repetía al oído:

—No vuelvas a mirarla… a ella no…

Deja que se vaya…

Y detrás de nosotros, entre las llamas,

brillaban aquellos mismos ojos.

Compartir esta historia