Cuna en silencio
Mi pensamiento en bucle recorría, día tras día, la habitación de Manuel.
Apoyaba la cabeza en su almohada, intentando retener su olor.
La cuna vacía decía lo que nadie se atrevía a decir.
Tú estabas sentado.
No hablabas.
Me mirabas un segundo y bajabas los ojos, como si pidieras perdón.
Algo dentro de mí se tensaba.
Sentía las manos cerrarse, la respiración romperse,
como si todo buscara salida y no encontrara por dónde.
Te miré desde la puerta.
Pensé algo.
Algo que me dio miedo repetir.
Salí.
Casi corriendo.
Volví a la habitación.
Allí, el dolor cambiaba.
Me dejé caer en el suelo, junto a la cuna.
Por un momento, solo por un momento, dejó de empujar.
Al día siguiente me desperté temprano.
Mis pies me llevaban como una autómata a su habitación.
Volví a esa cuna solitaria que día tras día arreglaba, como si hubiera algo que arreglar.
Y entonces te vi.
Llorabas en silencio.
Aferrado a su manta.
La olías.
Exactamente como hacía yo.
Levantaste la mirada al cielo, buscando respuestas que no llegaban.
Por primera vez vi tu desesperación.
Me acerqué despacio.
Cogí tu mano y la apoyé en mi pecho.
No dije nada, tampoco tú.
Nos quedamos así.
Y entonces lloramos.
Los dos.
Abrazados
