Respuesta al reto: La ausencia

Respuesta al reto: La ausencia

Por Clara Leiva

Clara Leiva

Clara Leiva

Destacada
104 historias•3 seguidores
3 seguidores
3 min de lectura
18 visualizaciones

—¿No vas a comer nada? —pregunta él, desde la cocina.

Ella está en el sofá, con la manta encima aunque no hace frío.

—Después.

En la encimera siguen los biberones. No son de ayer. Llevan días ahí. La leche se ha separado y el olor ya no es suave. Es agrio. Se ha quedado en la cocina, en el pasillo, en las toallas.

Él abre la ventana.

—Voy a fregar esto.

Empieza por los platos usados. Dos vasos. Una sartén. Cuando coge el estropajo y lo acerca al biberón, ella aparece en la puerta.

—Eso no.

—No puedo seguir oliendo esto.

—Me da igual.

Él intenta cogerlo. Ella lo sujeta antes.

Durante unos segundos los dos sostienen el mismo plástico. No tiran fuerte. Pero ninguno lo suelta.

—Cada vez que entro aquí es como volver a esa mañana —dice él, sin mirarla.

Ella aprieta más. Luego menos.

El biberón resbala y cae contra la encimera. No se rompe. Solo rueda un poco.

Él se queda quieto. La respiración se le descompone, mínima, casi imperceptible.

—Es lo último —dice ella.

—No es él.

No es una discusión grande. Es peor. Es baja.

Él apoya la frente en su hombro, como si se hubiera quedado sin fuerza. Ella tarda un segundo, pero no se aparta. Se quedan así. No es un abrazo de película. Es torpe. Incómodo. Los dos lloran, pero sin ruido.

Al cabo de un rato, él se separa.

—Haz lo que quieras —dice, más cansado que enfadado.

Se va al salón.

Esa tarde ella entra en la habitación del niño. Abre la puerta con cuidado. Todo está igual. La cuna hecha. El cambiador con el paquete de toallitas abierto.

Pero faltan cosas.

Abre el cajón. Los bodies pequeños ya no están.

Va al armario. La bolsa grande tampoco.

—¿Has guardado la ropa? —pregunta desde el pasillo.

—La que ya no le servía —responde él.

—¿Dónde?

—En el trastero.

Ella no dice nada más. Vuelve a la habitación y se sienta en la mecedora que ya no se mueve.

Esa noche él se despierta a las tres y media. Se incorpora antes de abrir los ojos del todo. Mira el reloj.

Tres y media.

Se queda esperando un llanto que no llega.

Entonces lo recuerda. No como pensamiento. Como un vacío.

Se tumba otra vez. No duerme.

A la mañana siguiente, la cuna está pegada a la pared. Más lejos de la cama. Él no dice nada.

Por la tarde, el móvil suena en la mesa. Un vídeo en pausa. El bebé moviendo los brazos, ese ruido que parecía una risa pequeña.

—No lo borres —dice ella.

—No iba a borrarlo.

El vídeo dura diez segundos. Ella lo quita antes de que termine.

Por la noche, él pasa por la cocina. El olor sigue ahí.

Se queda mirando el biberón.

Abre un cajón. Lo deja dentro.

No lo lava.

Solo lo saca de la encimera.

A la mañana siguiente, la ventana está abierta. El aire corre.

Ella abre el cajón un momento. El biberón sigue ahí. Seco por fuera. Intacto por dentro.

Lo toca, como si estuviera comprobando algo.

Lo vuelve a cerrar.

Esa noche, a las tres y media, ninguno de los dos se levanta.

Pero los dos están despiertos.

Y cuando ella alarga la mano en la oscuridad, él no pregunta nada.

Solo la agarra.

Compartir esta historia