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Por Maclug García

Maclug García
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Nos reunimos en el foro de un grupo privado de Telegram, aunque esa noche Rodrigo insistió en hacer una videollamada. Dijo que necesitaba vernos las caras. Éramos seis. Siete si contaba a Marta, que entró tarde con la cámara apagada y solo dejó su nombre flotando en la pantalla.

Rodrigo habló primero. Llevaba tres semanas con la cuenta suspendida y el tono con que lo dijo no dejaba espacio para la duda: no era un error técnico, era una purga. Usó esa palabra. Purga. La repitió dos veces para que nos quedara clara.

—Están limpiando el catálogo —dijo—. Todo lo que no encaja con sus nuevos algoritmos, fuera.

Nadie lo contradijo de inmediato. Yo tampoco. Escuché cómo los demás asentían, cómo cada uno añadía su versión al relato, y el relato fue creciendo solo, como crece el fuego cuando le das material.

Carlos, que publicaba novela romántica desde hacía cuatro años, contó que su libro más vendido había desaparecido de los resultados de búsqueda sin previo aviso. No retirado, no suspendido. Simplemente invisible. Seguía en el catálogo si entrabas con el enlace directo, pero nadie lo encontraba por su título. Nadie lo compraba. Era como si hubieran cerrado la puerta de su tienda sin quitarle el letrero.

—Eso es peor —dijo Lucia—. Que te cierren sin decirte nada.

Yo lo entendía. Lo entendía demasiado bien.

Fui tomando notas en un bloc que tenía al lado del teclado. No sé para qué. Supongo que necesitaba hacer algo con las manos mientras escuchaba. Los nombres de otros autores afectados. Fechas. Géneros distintos: thriller, romance, no ficción, autoayuda. El único patrón que encontrábamos era que no había ningún patrón claro, y eso era lo que más asustaba.

Alguien mencionó un artículo de un blog especializado. Alguien más dijo que ese blog lo gestionaba un tipo que tenía intereses comerciales en la confusión del sector, que sus artículos eran gasolina, no información. La conversación se tensó un momento. Rodrigo la recondujo.

—No importa quién lo diga. Importa lo que está pasando.

Tenía razón. Pero la rabia necesita un lugar donde apuntar, y cuando el objetivo es una empresa de dos billones de dólares, a veces apuntas a quien tienes al lado.

Cuando terminó la llamada, me quedé mirando el bloc. Había anotado nueve nombres. Nueve personas con el mismo problema, en géneros distintos, con historiales distintos, sin ninguna explicación común. Cerré el cuaderno. Afuera llovía, y el sonido del agua contra el cristal llenó el cuarto con una frialdad muy concreta.

Abrí el portátil y entré en mi panel de autor.

Todo parecía normal. Por ahora.

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