El hombre no apartaba los ojos de mí. Eso fue lo primero que noté, antes de que abriera la boca, antes de que dijera mi nombre.
—Lautaro —pronunció, como si lo hubiera practicado.
Me quedé parado junto al carro. Era rojo, de un rojo viejo, el tipo de rojo que tiene la tierra arcillosa después de la lluvia. El conductor apoyó el brazo en la ventanilla y esperó.
—¿Me conoce? —pregunté.
—Conozco a todo el que llega a esta plaza sin saber adónde va.
No respondí. Tenía razón y eso me molestó.
Se bajó sin apuro. Era alto, de esos hombres que parecen haber cargado peso toda la vida y ya no lo sienten. Se sacó los lentes de sol y me miró de frente.
—Hay dos caminos desde aquí —dijo—. Uno rojo. Uno azul.
Señaló hacia el norte, donde la ruta se partía en una bifurcación que yo había visto al llegar pero no había querido pensar demasiado.
—El rojo va al monte —continuó—. Es más corto en el mapa, pero el mapa miente. Hay piedras sueltas, curvas que no se anuncian, tramos donde el camino desaparece y hay que encontrarlo solo. Alguna gente no llega. La que llega no vuelve igual.
—¿Y el azul?
—El azul bordea el lago. Liso, sombreado, sin sorpresas. Llegas despacio pero llegas.
—¿Adónde?
Sonrió. Fue una sonrisa breve, sin alegría.
—Al mismo lugar. Los dos caminos terminan en el mismo punto. Eso es lo que no te dice nadie.
Miré la bifurcación. Desde donde estábamos no se distinguía bien cuál era cuál; los dos arrancaban igual, polvo y asfalto partido. La diferencia empezaría más adelante.
—¿Usted cuál tomó? —le pregunté.
—El rojo, dos veces. El azul, una.
—¿Cuál fue mejor?
—Ninguno fue mejor. Fueron distintos. —Guardó los lentes en el bolsillo de la camisa—. En el rojo perdí algo que no esperaba perder. En el azul llegué entero pero con la sensación de haberme ahorrado algo que quizás necesitaba.
El sol pegaba de lleno en el capó y el metal brillaba tanto que daba trabajo mirarlo. Puse la vista en el suelo.
—No es una pregunta fácil —dije.
—No. Por eso la mayoría se queda en la plaza.
Levanté la mochila y me la acomodé en el hombro. El conductor volvió al carro sin decir nada más. Encendió el motor. Antes de arrancar bajó el vidrio.
—El rojo tiene dragones —dijo.
—¿Eso es una advertencia?
—Es información. —Hizo una pausa—. Depende de usted qué hace con ella.
El carro se alejó hacia el sur, por un tercer camino que yo no había visto, y me dejó solo frente a la bifurcación con el ruido del motor apagándose y una decisión que ya no podía seguir postergando.
