Lo que deja el verano
Dejar de sentir, navegar entre la monotonía de los días, las noches pasan de largo y dejan el vacío de lo que pudo ser, de sueños que se rompieron por no poder atraparlos y guardarlos entre cajas o recuerdos. Salir de lo que aprisiona, no se puede, es como tirar todos los años sin querer recoger ninguno de ellos, aunque tengan un valor o al menos un significado. No se puede dejar atrás lo que se ha vivido, aquello que se creía que era importante. La vida transcurre entre ropa limpia, trastes sucios, sonrisas infantiles que después te abandonan, esas cosas te amarran a una vida, pero lo otro, eso te empuja cada vez más hacia el abismo, a querer regresar el tiempo, ese tiempo que guardé para ser feliz y que ahora se rompe, mostrando que siempre se puede volver a vivir.
Salí de casa en contra de los deseos de mi padre, vi a mi madre llorar detrás del vidrio de la ventana y con su mano me dio la bendición. Días después me casé, la ilusión me llevó a una oficina con un escritorio donde te anuncia que quedas atrapada, bajo una ley que finalmente se puede romper. Cuatro paredes, como el reflejo de lo que significa, quedas atada entre la “sagrada ley del matrimonio”, para procrear hijos, convertirlos en buenos ciudadanos, en seguir dentro de la célula de la sociedad, la familia. Pero nadie te protege de tus propios demonios, esos que viven en silencio dentro de ti, se destapan cuando comprendes que puedes alimentar su ego y se transforman en rebeldía y en ganas de vivir.
Después de dos años nació mi primer hijo, la ilusión y la alegría inundaron la casita que rentábamos en las afueras de la ciudad, no era grande, pero en esos días me parecía perfecta. Apareció mamá para conocer a su nieto, la recibí evitando que se diera cuenta de la precariedad de mi vida. Eran solo dos cuartos, una mesa que le regalaron, las sillas no combinaban, el bebé dormía en la cama, por eso me regaló la cuna, para que estuviera protegido, calientito. Pero eso lo ofendió, él estaba a punto de comprar una, le faltaba poco, nunca supe qué le pasó al dinero o si era cierto aquello.
A los dos años llegó el segundo hijo, cambiamos de domicilio, era un poco más cómoda, tenía un pequeño patio donde mi niño grande jugaba con la pelota, la misma cuna sirvió para los tres porque al año nació mi pequeña. En esos días la casa ya no era suficiente, se debía la renta, tenía una parte que se goteaba, si llovía, el patio se inundaba y luego era sacar el agua a escobazos, transcurrieron varios años de haber emprendido mi vida de persona adulta. Treinta años, los niños pasan el tiempo en la escuela, yo en casa, alejada de amistades, de mis padres, rodeada de cuatro paredes que cada vez son más feas, inmundas y tristes, de una pared cuelga la foto de mi boda, analizo la sonrisa, estoy feliz, pero en mi mirada hay un grito silencioso que no se atrevió a salir.
Mis hijos ya van a la universidad, entre los uniformes y libros escolares se fueron los años, ahora paso el tiempo más sola que nunca. Ayer fui al funeral de mamá, ¡pobrecita!, nunca me abandonó, siempre que podía venía a ver a los chicos y le traía vestidos bonitos a la niña. Papá no me quiere ver, sigue enojado, no lo culpo, me rebelé para vivir mi vida. Hace años que compramos un pie de casa y poco a poco se ha ido arreglando, pero le falta vida, espacio para que reine la felicidad, ¿dónde se esconde?, me he dado cuenta de que la ilusión se perdió en el tiempo, entre los días.
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Lo que deja el verano
El encuentro
Caminé por la calle, tenía ganas de comprar un libro, estuve ahorrando y quería que tuvieran un final productivo. La librería estaba vacía, nunca la había visitado, sólo me atrevía a asomarme por la ventana que daba hacia la calle, a veces estaba llena de gente que se aglomeraba en comprar alguno de sus libros, esa inquietud me llevó al lugar, ¿qué era lo que atraía al lugar? Entré simulando que sabía lo que hacía, el dependiente no me dijo nada, solo el saludo, me sorprendí de la cantidad de libros, en las mesas del centro, en los estantes; me dio miedo, quise salir corriendo, pero resistí.
Mientras trataba de esconderme entre los libros escuché nuevamente el saludo, un hombre entró compartiendo una plática que me hizo pensar que ya se conocían. Después comenzó a buscar libros en las mesas del centro, en una esquina apilaba los escogidos, noté la rapidez en que lo hacía, comprendí que si sabía comprar libros, no lo hacía por tamaño, ni por grosor, veía la portada y lo volteaba, algunos los abría, después de contemplarlo por un rato, dejé de ver la pila de libros, fijé mi mirada en sus manos, luego me distrajo la camisa que llevaba, comencé a imaginar la silueta debajo de ella, y luego su pelo, un poco rizado, sus lentes y nuevamente sus manos.
Recobré la cordura, dejé de observar, me concentré en buscar el libro deseado, pero cuál, me dirigí a los títulos, eso era una buena idea, un título que fuera bueno, que me interesara, luego escuché que el hombre preguntó por el nombre de un autor, y efectivamente cada libro tenía el nombre de alguien, de mujeres, de hombres, mis dudas crecieron, ¿qué libro podía escoger?, por fin una portada llamó mi atención. Nuestras manos se tropezaron al querer elegir el mismo:
̶ Disculpe, puede tomarlo si gusta ̶ el libro cayó de ambas manos y compartimos una sonrisa.
̶ No, está bien, sólo iba a verlo,̶ le dije soltando el libro en la mesa.
̶ Me parece buena elección, es el último libro de la autora, puede quedárselo, estoy seguro de que debe haber otro.
No supe qué responder y tomé el libro, él se acercó al mostrador para preguntar por otro ejemplar, cuando volvió a la mesa me hipnotizó con su sonrisa.
̶ Pues no, no hay más libros, al parecer se terminaron, tendré que esperar hasta que llegue otro paquete.
̶ Entonces no puedo, usted lo eligió primero, yo solo quería verlo. Además, todavía no estoy segura de lo que quiero comprar.
̶ No quiero ser el culpable de que no lo lea, yo puedo esperar, además ya llevo algunos y esos serán suficientes mientras espero a que llegue mi ejemplar.
Lo tomé, le di las gracias, me dirigí a la caja para pagar, lo malo es que el precio se me hizo excesivo, pero no quería que se diera cuenta, saqué más dinero de lo que tenía previsto, pensé en el helado que quería comprar, ya no sería posible, pagué y el encargado metió el libro en una bolsa. El hombre se acercó al mostrador y comenzó a pagar sus libros, escuché la cantidad y quedé asombrada, ¿cómo se puede pagar tanto en libros?, antes de abandonar la librería escuché:
̶ En unos quince días, máximo veinte estará aquí el libro, te lo guardo.
̶ Muy bien, paso por él, gracias.
̶ -Que te vaya bien Ricardo.
Fue lo último que escuché, su nombre, Ricardo, salí de la tienda y emprendí el regreso a casa, con un libro que no quería comprar, que no sabía de qué trataba y además que había pagado mucho por el ejemplar.
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La búsqueda
Llegué a casa, dejé el libro en la mesa y tomé un vaso con agua, el sudor invadía mi cuerpo, sentí el vacío en casa, mi esposo en el trabajo y mis hijos viviendo su vida. En ese momento agradecí la soledad, respiré profundamente, y el recuerdo de aquel encuentro volvía, me temblaban las manos y me obligué a calmarme, de pronto sentí ganas de llorar y las lágrimas salieron llenando mi rostro de humedad. Me senté en el sofá tratando de entender lo que me sucedía, sentía miedo, alegría, ilusión y un gran alboroto de mariposas en el estómago.
La rutina del hogar volvió, sus habitantes fueron llegando cada uno a su ritmo, después de la comida, de lavar los platos y dejar la cocina limpia, me senté en el sofá y tomé el libro que había comprado, de la primera página saqué el ticket sin querer ver el total de la compra, no quería sentir el remordimiento de haber gastado ese dinero, comencé a leer, una página, dos, hasta tres; ¡fantástico!, la historia era interesante. Estuve leyendo por dos horas, se me fue el tiempo, sentí que la luz del día se perdía, abandoné la lectura, sabía que todos volverían.
Mi esposo atravesó la puerta, llegó temprano, solicitó que le sirviera de comer, en cuanto lo atendí regresé a la sala para esconder el libro, no quería que lo viera, para él la lectura era pérdida de tiempo. Terminó, decidió bañarse y se quedó dormido viendo el televisor, mis hijos volvieron y cada uno exigió la cena, los atendí como era la costumbre, terminaron y se retiraron a su habitación. El silencio volvió y en ese momento me di cuenta que la rutina me estaba matando, todos los días era igual, yo era la persona que cubría sus necesidades, solo eso, pero nadie me preguntaba por mi día, si tenía deseos de algo, o si al menos estaba bien de salud. Esa noche dejé que las lágrimas se escondieran entre el algodón de la almohada.
Los días transcurrieron entre tareas en el hogar y en los momentos que disfrutaba la lectura, fueron los quince días más intensos, en el fondo deseaba regresar a la librería a comprar otro libro, pero primero tenía que terminar el que había adquirido. Imaginaba volver y encontrarlo, hacía simulacros de una conversación, podría preguntarme por la lectura, tenía que comentarle las partes importantes o tal vez preguntaría por el final, entonces trataba de grabarme oraciones que me parecieron interesantes. También imaginaba lo peor, quizá nunca lo volvería a ver. O tal vez ni siquiera se acordaría de mí.
Comencé a rondar la librería en el horario en que lo había visto, fueron cinco días de decepción, porque no volvió, quise preguntar al dependiente si ya había regresado Ricardo, pero en la puerta siempre me detenía, ¿quién era yo para preguntar por esa persona? Decidí dejar la búsqueda, esa tarde me senté en una banca del parque, desde ahí veía a lo lejos la puerta de la librería, en el fondo tenía la esperanza de verlo entrar. Después de media hora perdí el interés y volví a la lectura, para entonces me faltaba poco para terminar la novela, la lectura era mi nuevo pasatiempo y el refugio para la vida vacía que me invadía.
Una voz cercana interrumpió mi lectura, de pronto tuve de cerca esa mirada y con una sonrisa me saludó:
̶ ¡Hola!, ¡qué rico verte!, veo que te gustó mucho la novela ya casi la terminas, eso me parece maravilloso, entonces no me arrepiento de permitir que me la ganaras, fíjate que todavía no llega el ejemplar.
̶ ¡Hola! ̶ lo escuché mientras contemplaba sus ojos, quise comentarle la lectura, pero mi cuerpo sólo quería sentirlo cerca. Se sentó a mi lado sin pedir permiso, tenía las mejillas encendidas y no podía dejar de sonreír.
̶ La novela cubrió tus expectativas ¿verdad?, voy a tener que pedírtela prestada para leerla.
̶ ¡Claro que sí!, se la puede llevar para que la lea.
̶ No, no soy tan egoísta, primero debes terminarla, ya después me la puedes prestar. Así tendré una excusa para verte otra vez.
Seguimos la charla por espacio de una hora, me preguntó por mi gusto en los libros, le confesé que era el primero que leía, pero no me juzgó, al contrario, me dijo que me prestaría varias novelas, a cambio de la mía, quedamos en vernos en una semana, a esa hora, en la misma banca. Caminé a casa, la energía recorría mi cuerpo, al cerrar la puerta detrás de mí, me di cuenta, ¡tenía una cita!
