La silla emitió un leve crujido al recibir a Nora, como un largo suspiro suspendido en el silencio del comedor. La joven mujer empezó a rozar sus dedos en la mesa, marcando un ritmo obsesivo y lento como para buscar una melodía perdida en el tiempo. Un rayo anaranjado del atardecer se colaba por el cristal de la ventana, pintando siluetas extrañas que temblaban al compás del latido de su corazón.
El aire olía a madera antigua, a instantes detenidos en la eternidad. Nora inhaló profundo, despacio, dejando que el aliento llenara sus pulmones; exhaló entonces un suspiro prolongado, como si estuviera tratando de desahogarse de un recuerdo latente. Su mirada, fija en un punto indefinido de la habitación, no parpadeaba con naturalidad; era como un vacío atrapado en los rincones secretos del universo.
Una telaraña pendía entre techo y esquina, acariciada por la ligera brisa invernal que se colaba así, sin permiso. La taza de café ante a ella, reposaba fría y huérfana del calor que alguna vez tuvo. Sus manos cruzadas guardaban un secreto tembloroso, estaba claro, negándose a soltarse por temor a lo desconocido.
Y como si todo eso no fuera suficiente, había el tic tac insistente del reloj de pared, resonando con una cadencia preocupante y sin piedad aquel siniestro abismo interior. ¡Ausencia! Esa era la palabra que resonaba en su cabeza, un hueco insondable que nada ni nadie podia colmar.
El tiempo se volvía denso y el silencio parecía insoportable. Nora permanecía sentada, inmóvil, mientras el mundo giraba impasible a su alrededor, indiferente ante su silencio...ante su dolor.
