@La persona equivocada
Mi teléfono sonó. Era un WhatsApp:
«Ya está hecho. Nadie sospecha de ti.»
No constaba en mis contactos y su perfil era desconocido. Lo borré directamente e intenté seguir durmiendo.
La alarma de la joyería de debajo de mi casa sonó estrepitosamente. Bajé las escaleras corriendo y enseguida apareció la policía.
Los agentes iban totalmente cubiertos. Parecía que allí dentro había algo peligroso. Me quedé quieta en la puerta de mi casa, observándolo todo con detenimiento.
La persiana de la joyería empezó a abrirse lentamente y dejó al descubierto un butrón. En una de las estanterías ondeaba un trozo de mi chaqueta. La misma que llevaba aquella tarde.
Me quedé perpleja. Un pensamiento me llevaba a otro. ¿Cómo era posible?
Intenté que nadie se fijara en mí y, lentamente, me encaminé hacia el ascensor. Llegué a mi piso, cerré la puerta corriendo y me senté en el sofá.
Una sensación extraña iba y venía, sin que pudiera comprender qué estaba ocurriendo.
Aquella tarde había bebido más de la cuenta y tenía algunas lagunas. No creía haber llevado a nadie a casa, pero al recordar el mensaje, una fisura se abrió en mi memoria.
El timbre perforó mis oídos. No tuve más remedio que abrir.
Tras la puerta había un policía alto, fuerte y musculoso, junto a su compañero.
—Señora, ¿ha visto algo? ¿Ha oído a alguien?
Las palabras no salían con coherencia. Mis pensamientos no se coordinaban. Mi voz apenas conseguía salir de mi garganta.
—Sí… he estado con unos amigos. He llegado hace muy poco y enseguida ha sonado la sirena.
El policía sacó una prenda de una bolsa transparente. En cuanto la vi, supe que era mi chaqueta.
—¿Esto es suyo, señora?
—No lo sé… quizás. Tengo una muy parecida.
El policía no apartó la mirada de mí.
—¿Está segura?
Bajé los ojos hacia la prenda. No contesté. Una duda apareció en mi cabeza: ¿realmente era la mía?
La policía se marchó después de decirme:
—Señora, si recuerda algo que pueda ayudarnos, llámenos a la comisaría.
Cerré la puerta y fui directamente hacia el teléfono. ¿De quién era aquel mensaje? Abrí de nuevo el WhatsApp y miré el perfil. La cara me resultaba familiar, pero no conseguía ponerle nombre.
Intenté recordar.
Y entonces la laguna se abrió. Un miedo aterrador despertó dentro de mí.
Recordaba llegar hasta la puerta de la joyería. Alguien hablaba detrás de mí con entusiasmo desmedido:
—¿Te imaginas lo que podríamos hacer con todo lo que hay dentro?
La frase que vino después también la recordaba:
—Anda, con lo pringaos que somos para meternos en ese fregado…
Me quedé inmóvil. Aquella voz empezaba a resultarme familiar. Mis manos buscaban las llaves de mi puerta mientras él seguía insistiendo en lo que podíamos hacer con el dinero.
—Tío, ¿pero estás tonto? Déjalo ya, estás muy pasado.
Abrí la puerta e intenté entrar, pero una mano tiró de mi chaqueta con fuerza y me hizo perder el equilibrio. Caí de rodillas.
Él me levantó del brazo, con la mirada desencajada, y señaló la persiana contigua.
—Desde el local vacío de al lado podemos hacer un buen agujero —insistió.
En ese momento, dos hombres salieron de la sombra del portal vecino.
—¿Y estos quiénes son? —pregunté, tratando de zafarme.
—Tranquila, son amigos —contestó él sin mirarme.
Uno de los recién llegados, el más bajo, me miró de arriba abajo con impaciencia y me dio un empujón hacia el ascensor.
—Tú vete a casa —me dijo en voz baja—. Ya has hecho lo tuyo.
Sé que subí a mi casa y me tumbé en el sofá. Las piernas apenas me sujetaban.
Entonces un ruido llegó desde la calle. Lo escuché entre sueños, pero seguí durmiendo hasta que el WhatsApp me despertó.
Ahora empezaba a comprenderlo. Fui hasta la percha de la entrada y respiré hondo. Allí estaba mi chaqueta. La descolgué lentamente y entonces me di cuenta: le faltaba una manga.
Me quedé inmóvil. ¿Era aquella la misma manga que había visto ondeando en la estantería de la joyería, junto al butrón? La miré sin atreverme a tocarla.
Entonces algo cayó del bolsillo: la llave del local desde donde se había hecho el paso. La recogí con las manos temblorosas.
La bebida me había hecho perder el norte. Encajaron las imágenes, las conversaciones, los retazos de risas y voces. Comprendí la verdad: alguien manipulaba mis actos cada vez que la sustancia tomaba el control de mi cuerpo, un ser al que apenas lograba recordar pero que decidía por mí en los momentos más oscuros.
Tratatava de convencerme de que por voluntad propia yo jamás habría tramado semejante robo, pero al abrir de nuevo el perfil de WhatsApp para buscar al culpable, descubrí horrorizada que la foto del desconocido era la mía.
