La Maldición del Deseo Sanguíneo

La Maldición del Deseo Sanguíneo

Por Amanda Villanueva Dieguez

Amanda Villanueva Dieguez
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Yo me quedé mirando el papel sobre la mesa.

Siete cifras. Ninguna explicación. El frutero tenía dos naranjas y una manzana arrugada que llevaba días ahí, y el papel doblado entre ellas parecía fuera de lugar como un aviso de desahucio en la cocina de otra persona.

Encendí la luz al fin.

El apartamento seguía igual que lo había dejado esa mañana: la chaqueta en el respaldo de la silla, la taza sin lavar junto al fregadero, el libro abierto boca abajo en el sofá. Todo exactamente en su sitio, como si lo que había pasado en la cripta no tuviera ninguna intención de afectar a las cosas ordinarias. Me irritó eso. Me irritó más de lo que debería.

Me lavé las manos dos veces. El barro de las catacumbas ya no estaba, pero seguía sintiéndolo.

Cogí el papel y lo desdoblé despacio. La letra era de Eriel, apretada y vertical, sin cursiva. El tipo de letra de alguien acostumbrado a escribir deprisa en condiciones malas. Nada más. Solo el número. Lo dejé sobre la encimera y fui a sentarme en el sofá.

La fotografía que había puesto Eriel sobre la mesa se había ido con él. Pero la cara ya la tenía grabada. El hombre del sarcófago, Damián, según no me habían dicho pero yo intuía que tenía nombre, vestido con algo oscuro y mirando a la cámara con esa calma que no es serenidad sino su contrario: la calma de quien no tiene nada que temer porque ya ha visto el peor final posible y lo ha sobrevivido. En la cripta había tenido los ojos cerrados. Después los había abierto. Ese momento, esos dos segundos, los revivía sin querer cada vez que dejaba de concentrarme en otra cosa.

No intentes encontrarlo.

Mateo lo había dicho así, sin inflexión, como si fuera una instrucción técnica. Apaga el gas antes de salir. No toques el cable pelado. No intentes encontrarlo. Pero había algo en la forma en que me había mirado antes de decirlo, esa fracción de segundo en que sus ojos habían bajado un momento al papel sobre la mesa y luego vuelto a mí, que me dijo que él sabía exactamente lo que yo iba a hacer.

Me pregunté cuánto tiempo llevaba en ese trabajo para perder ya las esperanzas en la gente.

Apagué la lámpara del sofá. Me quedé en la oscuridad un momento, con el ruido de la calle filtrándose por la ventana: un coche, alguien que reía en la acera, el pitido lejano de un semáforo. Sonidos normales. Sonidos de una ciudad que no sabía lo que yo había abierto esa noche bajo sus calles.

Fui a la habitación, me quité los zapatos y me tumbé en la cama sin desvestirme. El techo estaba manchado en una esquina por una gotera vieja, una mancha ocre con los bordes irregulares que llevaba meses ahí. La miré fijamente. Era lo más inofensivo que tenía a la vista.

No dormí. O sí dormí, pero de esa forma ligera donde cualquier ruido te devuelve al mismo punto y no sabes si has estado dormida diez minutos o dos horas. En algún momento sonó el teléfono. Número desconocido. No respondí. Volvió a sonar y lo dejé sobre la mesilla boca abajo.

A las cinco de la mañana me levanté. Hice café. Saqué el papel de la encimera y lo puse junto a mi teléfono. Eriel había dicho que Damián volvería a buscarme. No había explicado cómo lo sabía, ni cuánto tardaría, ni qué pasaría cuando lo hiciera. Lo había dicho como un dato, no como una advertencia. Eso era lo que más me pesaba de toda la conversación: que ninguno de los dos había intentado asustarme. No habían necesitado hacerlo.

Bebí el café de pie, mirando la ventana. Todavía estaba oscuro. En el cristal, de fondo, veía mi propio reflejo mal definido, la cara cansada, el pelo suelto. Detrás, la calle vacía.

Cogí el teléfono y guardé el número.

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