La apuesta

La apuesta

Por Marcelo Adrian Camilo Torres Reina

Marcelo Adrian Camilo Torres Reina
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El autobús del equipo olía a celebración. Nadie hablaba, todos estábamos cansados, pero estábamos a una victoria de la final de la liga. Algunos tenían los auriculares puestos, otros miraban por la ventana la autopista oscura. Yo tenía el teléfono en la mano.

El mensaje llegó a las once y doce de la noche, de un número que no estaba en mis contactos.

*No fue solo mala suerte, Sergio. Hay más en juego de lo que imaginas.*

Lo leí tres veces. Después lo leí una cuarta. El número no tenía foto de perfil, no tenía nombre, era una cadena de dígitos que no me decía nada. Intenté llamar. Sonó una vez y cortó. Volví a intentarlo. Apagado.

Guardé el teléfono en el bolsillo y miré hacia adelante.

Delante de mí, Dayro Moreno dormía con la cabeza apoyada en el cristal. Dos filas más allá, el "Arriero" Herrera tecleaba en su tablet. Nadie me prestaba atención. Era justo lo que llevaba semanas buscando: pasar desapercibido. Ahora no me gustaba tanto.

Saqué el teléfono otra vez.

*Hay más en juego de lo que imaginas.*

La apuesta la había hecho seis semanas antes, en una noche que prefiero no recordar con demasiado detalle. Tres copas, un tipo que me habló de números y probabilidades, y yo que escuché porque necesitaba el dinero y porque soy idiota. Eso me había dicho a mí mismo desde entonces: que era un idiota. Que había sido descuido y ambición y mala noche. Un error mío, solo mío.

Pero ese mensaje cambiaba algo. No sabía qué, todavía. Solo notaba que algo encajaba de manera diferente, como cuando mueves una pieza en un puzle y de pronto ves que la figura no era la que creías.

Pensé en el tipo de aquella noche. En cómo había llegado hasta mí, en que sabía mi nombre antes de que yo dijera nada, en que tenía los números exactos de las cuotas como si los llevara memorizados. En ese momento me pareció que era uno de esos aficionados que viven pegados a las estadísticas. Ahora no estaba tan seguro.

Miré de nuevo el número en la pantalla. Busqué en Google. Nada. Lo introduje en un par de aplicaciones que uso para identificar llamadas desconocidas. Nada tampoco.

El autobús frenó en una gasolinera. Algunos bajaron a por café. Yo me quedé sentado.

Si alguien me había tendido una trampa, significaba que alguien sabía lo de la apuesta. Y si lo sabía, podía usarlo. Contra mí, contra el club, contra cualquier cosa que le interesara. Yo era el eslabón más débil de una cadena que no había visto entera.

Escribí una respuesta al número: *¿Quién eres?*

El mensaje se quedó con un solo tick durante veinte minutos. Después me contesto:

*No se haga el marica, usted sabe quien soy*

Salí del chat. Después entre al de Nicole, la mujer que me estaba enamorando de a poco, era divina y hermosa, pero no me correspondía, le dije que si podía haber algo entre nosotros, lo único que me dijo fue:

Tendremos algo si tu equipo se deja derrotar del mío, aunque yo sepa que solo me quieres para acostarte conmigo

Leí el mensaje y me fui a dormir

*Continuara...*

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