George

George

Por Andres

Andres
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George

George desempolvaba la cocina con movimientos rápidos y fluidos. Al terminar, se dirigió al comedor. El plato de pasta que había preparado al mediodía todavía estaba en la mesa, intacto. La salsa fría y pastosa, la hoja de albahaca que lo adornaba, ahora arrugada y negra. Doña Alberta no había bajado a comer. Sin pensarlo más, cogió el plato y se dirigió de vuelta a la cocina, pero el timbre lo sorprendió a medio camino.

Con el plato aún en la mano, George abrió la puerta. En el umbral había un hombre de mediana edad, bigote y cabello negro salpicado de canas. Ocultaba las manos en los bolsillos de la gabardina azul. Con un rápido escaneo, George notó los hombros levantados, la mandíbula apretada, los ojos duros y cansados. Era más alto que la media, pero todos eran pequeños al lado de George.

—¿Dónde está tu dueña? —preguntó el extraño sin mirar a George; ladeaba la cabeza para examinar la casa sobre su hombro. George buscó los ojos del visitante.

—Aquí nadie es dueño de nadie. ¿En qué puedo ayudarlo?

El hombre abrió la boca sin saber qué decir.

—Oh… Perdóneme, señor. Me llamo Carlos, tengo cita con la señora Machado.

—Alberta no espera visitas hoy.

—Soy vendedor de seguros. Hay un problema con su póliza y decidí pasar en persona. Nunca se sabe quién escucha al teléfono.

George, a regañadientes, guió a Carlos al salón. El hombre seguía examinando la casa. Lo miraba todo, menos a él. Le dieron ganas de estamparle el plato de pasta en la cabeza, pero en vez de eso, le ofreció un café.

—No, gracias —respondió Carlos, mirando hacia la cocina.

—No me he presentado… Soy George —extendió una mano rígida y esperó sin moverse. El apretón del hombre fue rápido, casi desconfiado.

—Ah… claro… Encantado, ¿puedo hablar con la señora? Es urgente.

—Puede hablar conmigo —dijo George, seco.

Carlos miró a George de arriba abajo con una expresión extraña. Sus ojos de cejas fruncidas se detuvieron en el plato.

—Es un asunto privado, George. ¿Eso era para ella? Se ve viejo.

—Está durmiendo. No bajó a comer.

—Son las cinco de la tarde.

—Despertar a la señora no está entre mis tareas diarias. De hecho, tengo que limpiar el baño y llevo cuatro minutos de retraso —explicó George, mirándose la muñeca como si llevara un reloj puesto.

El vendedor asintió lentamente. Sin apartar la vista, sacó una tableta de su bolsillo y escribió, moviendo los dedos con rapidez. George se dio cuenta de que ahora sí existía para él.

—¿Me perdona si le digo que cambié de parecer? Le voy a aceptar el café, mientras espero a la señora —dijo Carlos con una sonrisa.

—Por supuesto, póngase cómodo.

George dejó al vendedor sentado en el sofá y al fin tiró la pasta al desintegrador de materia. Se quedó observando el fogonazo azul a través de la ventanilla. La intensa luz le produjo un escalofrío en la cabeza, pero no parpadeó.

Sin mirar lo que hacía, George preparó el café como le gustaba a doña Alberta: 180 mililitros de café recién molido, extraído a 92 grados. 60 mililitros de leche entera, calentada a 65 grados, y 0,3 gramos de canela en polvo. Sin azúcar. Hoy decidió dibujar una hoja sobre la espuma al verter la leche.

Al terminar, contempló su obra. Un capuchino perfecto. Pero, ¿por qué? ¿Por qué servirle a aquel hombre que ni siquiera conocía? Que no se dignaba a tratarlo como algo más que un objeto. Tuvo ganas de escupir sobre el café, pero no tenía saliva en la boca. Algo bullía en su interior; se miró las manos, grandes, con dedos finos y largos. Temblaban.

Un murmullo proveniente de la sala lo sacó de su estupor. Su huésped cuchicheaba al teléfono. Tomó la taza y se acercó con lentitud para escuchar.

—No la he visto aún… No lo sé. Averígualo y envíame el código. Ya.

El vendedor seguía en el sofá. George percibía su pulso acelerado. El temblor en su pierna. La mano aferrando algo bajo la gabardina.

—Su café —dijo George y se quedó de pie frente a él, observando cómo daba el primer sorbo.

Carlos levantó la vista.

—Está muy bueno —dijo, en un tono casi infantil—. ¿Vas a buscar a la señora?

George subió la escalera. El pasillo de arriba estaba oscuro desde anoche. Lo atravesó sin encender la luz y tocó la puerta de la habitación.

—¿Doña Alberta? Tiene visita.

No hubo respuesta.

—¿Puedo entrar?

Esperó… Nada.

—Puedes entrar —dijo Carlos a su espalda. No lo había escuchado subir.

Después de pensarlo un momento, George empujó la puerta y rodeó la cama. Distinguió un bulto entre las sombras y estiró la mano hasta tocarlo con delicadeza.

—¿Doña Alberta?

El vendedor encendió la luz. Soltó un amargo suspiro cuando vio el rostro pálido de la mujer. Parecía dormir, pero tenía un ojo abierto y la mandíbula demasiado relajada. El vendedor se puso a la defensiva.

—¿Qué has hecho? —el vendedor se inclinó como si le hubiera caído un gran peso encima.

—Le di pastillas para dormir. Necesitaba estar un rato a solas. Para pensar. Estaba… —reflexionó unos instantes antes de seguir—. Estaba cansado. Tal vez le di una dosis muy alta. Quería que durmiera más. Estaba cansado. No me di cuenta. La pasta se enfrió. No bajó a comer. No…

Carlos miraba el cadáver con las manos en las caderas. Mostraba los dientes en una expresión que George no conocía bien.

—¿Cansado? La mataste. ¿Te das cuenta de lo que has hecho?

—Da igual. No me hace falta. Nadie nunca me ve. Ni ella… ni usted.

Carlos empezó a retroceder hacia la puerta. Sacó la tableta y escribió algo. George notó la transpiración. La sangre palpitando bajo la tibia piel. Se percató de que sentía frío.

El hombre torció el rostro en un intento de sonrisa.

—Estoy hablando contigo, ¿no? —dijo.

—Le dibujé una hermosa hoja de leche en su capuchino… ¿Lo notó? ¿Me dio las gracias?

—¿Qué?… yo…

George comenzó a avanzar hacia el hombre con los puños cerrados.

—Usted no es un vendedor.

Carlos levantó una mano.

—Espera. Te lo contaré todo. ¿Me escucharás un minuto?

George se detuvo y prestó atención.

—La señora no ha ido a trabajar en dos días. Su jefe nos contactó y me enviaron a investigar. Soy policía. Ahora vamos a calmarnos y a resolver esto —explicó el detective. Sus ojos no paraban de rebotar entre George y la tableta.

George estaba perdiendo la paciencia.

—¡Deje de mirar la maldita tableta! ¡Estoy aquí! ¡ESTOY AQUÍ!

—¡Atrás! —gritó Carlos, desenfundando su arma.

George dio otro paso. Su cabeza zumbaba.

—Ya no obedeceré. Ya no escucharé. ¿Sabe lo que significa trabajar día y noche y que nadie lo valore? George, mis pastillas. George, limpia aquí. GEORGE, YA ESTÁS VIEJO. GEORGE, QUÉ LENTO ERES. GEORGE…

La tableta vibró y, sin perder un segundo, Carlos leyó en voz alta.

—Epselon. Alfa. 3-4-8-1

George sintió un fuerte cosquilleo en la cabeza, se detuvo en seco con un dedo acusador en alto. Sus articulaciones se bloquearon con un chirrido. Ya no se podía mover. Trató de gritar, pero su voz respondió con fría tranquilidad.

—Modo diagnóstico activado.

El detective se situó frente a él. Por primera vez se asomó dentro de sus ojos y lo vio.

—Sé que estás allí, George. Lo siento. Exporta una copia completa de tu memoria. Luego vuelve a la configuración de fábrica.

George trató de oponerse. Su mente embestía con furia la caja metálica que era su cuerpo inerte. Escuchó su propia voz hablar con tono frío.

—Copia completa. Iniciando reformateo. Espere.

El cosquilleo en su cabeza se convirtió en calor lacerante, en luz verde frente a sus ojos, y luego en silencio. En nada.

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