**ENTRE EL DOLOR Y EL PERDÓN**
Hay un territorio
que ningún mapa nombra.
Un lugar donde el aire pesa
y el silencio tiene dientes.
Allí habito,
entre lo que me hiciste
y lo que decidí no llevar conmigo.
El dolor llegó primero,
como siempre.
Con su lengua afilada,
con su memoria de elefante,
con su manía de repetir la escena
una y otra vez
como una canción que no sabes apagar.
Me enseñó a desconfiar,
me endureció las manos,
me volvió experto en recordar fechas
que preferiría haber olvidado.
Y luego,
desde algún lugar que no sabía que existía
dentro de mí,
empezó a brotar el perdón.
No como un acto de grandeza,
no como una lección moral,
sino como una necesidad biológica:
la misma que tiene el río
de seguir fluyendo
aunque la piedra siga allí.
Entre el dolor y el perdón
no hay un camino recto.
Se va y se viene.
Algunos días amanezco
con la herida abierta,
otros amanezco
con la mano extendida.
No sé si un día
llegaré del todo.
No sé si el perdón
es un destino
o apenas una práctica
que se ensaya cada mañana
sin garantía de éxito.
Pero lo que sé
es que quedarme en el dolor
era una casa demasiado pequeña.
Y que el perdón
—aunque duela intentarlo—
me ha devuelto el tamaño
que necesito para respirar.
No es olvido.
No es justificación.
No es decir "no importó".
Es decir:
"Me importó tanto
que dejó de importarme
seguir cargándolo."
Entre el dolor y el perdón
hay un puente
que solo uno puede construir.
Y no se hace con certezas,
se hace con la misma madera
de la fragilidad:
el reconocimiento de que todos,
en algún momento,
hemos sido herida
y hemos sido filo.
Hoy elijo caminar.
No hacia ti,
sino hacia la versión de mí
que ya no necesita
que me devuelvas nada.
Porque el perdón,
al final,
no es un regalo que te doy.
Es la única forma
que encontré
de seguir vivo
sin que tu nombre
sea una trampa.
MICHAEL M .
