El salto

El salto

Por Clara Leiva

Clara Leiva
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Es invierno y está a punto de anochecer. Mi abuela camina sobre el puente. Debajo, el río caudaloso sigue su curso empujado por un frío que se mete hasta los huesos, pero mi abuela camina como si no lo sintiera. Avanza despacio. El bastón marca el ritmo. A veces creo que camina para huir del dolor que le roba el sueño. Sé que el río le gusta: lo mira como si fuera parte de ella, un eterno ir y venir. Siempre le gustó nadar. Hasta ganó una o dos competiciones.

El viento la despeina. Quisiera alcanzarla, decirle que vuelva, que la sopa se enfría. Entonces, me sorprende un grito. El cuerpo de un niño cae al agua desde el puente. Una muchacha echa a correr horrorizada. Intenta arrojarse al vacío, varias personas se lo impiden, y los demás nos quedamos atónitos, observando el agujero cargado de espuma en el agua. La segunda sorpresa no tarda en llegar. Es demasiado tarde para alcanzarla y se precipita al vacío mientras abro la boca.

El sonido del impacto es seco. Grito su nombre, el viento se lo lleva. La gente corre. Solo veo el agua girando, y entre las sombras, una figura que nada. No entiendo cómo puede moverse con esa fuerza. Recuerdo sus manos temblando, sus quejas al subir un escalón, y ahora bracea como si el tiempo no existiera. Por un instante escucho su voz dentro de mí: «No pienses. Respira. El miedo se vence nadando hacia el miedo».

A poca distancia de ella, el niño se hunde. Ella lo alcanza enseguida. Consigue sujetarlo. El gesto es el mismo que usaba para consolarme de niña. El río los arrastra. Cada vez es más difícil distinguirlos. Alguien lanza una cuerda. Corro sin sentir las piernas. Cuando llego, ya los sacan del agua. El niño tose, respira. Ella está inmóvil, en la orilla, con la piel fría. Se ha abrazado con tanta fuerza al niño que cuesta separarla. Su piel está fría, pero tiene pulso.

Abre los ojos. En su mirada hay una calma que me desarma. A su alrededor crece la multitud y ella menciona mi nombre cuando apartan al pequeño. Estoy paralizada, con lágrimas en los ojos. De nuevo llama al niño por mi nombre y así otras dos veces hasta que cierra los ojos. El río sigue su curso. Una bufanda gris flota río abajo. La sigo con la vista hasta que desaparece. Sopla el viento otra vez, pero ya no tengo frío.

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