El paquete llegó un martes, sin remitente. Mi madre lo dejó sobre la mesa mientras preparaba café.
—¿Es tuyo?
Lo abrí. Dentro había una llave pequeña de hierro oxidada, atada a un hilo rojo. También una fotografía. Reconocí a mi padre inmediatamente. Era él, treinta años más joven, sentado en el banco de una estación junto a una mujer que no conocía. En la muñeca llevaba el mismo reloj que había enterrado con él seis años atrás.
Le di la vuelta a la fotografía. Tenía una frase escrita a mano:
"Donde empezó todo". Estación del norte, taquilla 18.
Pensé que sería una equivocación, pero decidí enseñársela a mi madre.
— Mamá...
El café dejó de caer de la cafetera.
—¿Dónde has encontrado esto?
— Me lo han enviado. ¿Quién es esa mujer?
— Nadie. — Mi madre cerró los ojos.
Después, sin decir una palabra, me quitó la fotografía y la tiró a la basura.
Aquella noche casi no dormí. Cada vez que cerraba los ojos, imaginaba la taquilla 18 y la llave esperando en mi mano.
Al día siguiente fui a la estación.
La taquilla estaba al fondo de un pasillo, vacío. Miré a mí alrededor y probé la llave.
Giró.
Dentro, una caja de metal. En ella un sobre y una bufanda infantil. El sobre tenía escrito mi nombre.
Me temblaban las manos cuando lo abrí.
Había tres billetes de tren sin usar, una pulsera de hospital y dos fotografías. En una aparecía un bebé con la fecha de mi nacimiento.
El bebé tenía una pequeña marca oscura justo en el cuello. La misma que yo tenía. En la otra fotografía aparecía mi padre junto a la mujer desconocida. Ella sostenía entre sus brazos al bebé.
Entonces escuché pasos.
—Sabía que vendrías.
Me giré.
Era mi madre.
Se acercó lentamente, sacó de su bolso un sobre viejo y me lo entregó. En el frente, escrito con la letra de mi padre, decía:
"Algún día tendrá que saberlo".
