Despertó sobresaltado. Había soñado con rostros desconocidos. Tardó varios minutos en reconocer su dormitorio.
Cada noche dejaba notas, fotografías y nombres para reconstruir su vida al despertar. Pero esa mañana las paredes estaban vacías. Solo encontró un papel:
No abras cuando llame Lucía.
Reconoció su letra al compararla con unas palabras que acababa de escribir.
Tres golpes sacudieron la puerta.
—Señor, soy Lucía. Le traje el desayuno.
Tragó saliva. Permaneció inmóvil, fingiendo dormir.
La mujer insistió. Finalmente, se alejó.
Minutos después, un grito lo hizo saltar de la cama.
En la cocina encontró a una mujer sosteniendo un cuchillo ensangrentado. A sus pies yacía otra, vestida de empleada doméstica.
—¡Querido! ¡Lucía quiso matarme!
Él retrocedió.
—¿Quién es usted?
La mujer dejó el cuchillo. Sacó una fotografía de su bolsillo. Aparecían abrazados, sonrientes.
—Amor, soy tu esposa. ¿No te acordás de mí?
Él examinó la fotografía. No recordaba aquel momento, pero reconoció su propio rostro.
Ella lloraba. Le explicó lo sucedido. Terminó convenciéndolo de que debían ocultar el cadáver.
Esa noche lo ayudó a reconstruir sus notas.
Soñó con una boda junto al mar. No distinguía el rostro de la novia, pero recordaba sus manos entre las suyas.
Las mismas manos que había visto aquella mañana, inmóviles sobre el piso de la cocina.
