Encontré la nota en el espejo del baño, empañao, con mi misma letra de pelao.
Decía: “No abras cuando llame Lucía.”
Dije yo, “Echee” yo no conozco a ninguna Lucía. Vivo solo.
A las tres y pico de la mañana tocaron la puerta. Tres toques, suaves. Con el calor hijueputa de la costa que no deja ni respirar.
- ¿Quién es? – dije con voz de hombre.
- Soy Lucía, mi vida, ábreme – dijo una voz de pelaita por fuera, igualita a la mía de cuando era culicagao.
Me acerqué al espejo otra vez. La nota se estaba borrando sola. Y en el reflejo no estaba yo. Estaba el pelao lampiño sobándose el bozo, escribiendo apurao la misma nota.
Y detrás de él, en el callejón de mi cuarto, una flaca alta de capucha negra esperando.
Volvieron a tocar. Más duro.
Entendí. Si abría, no entraba Lucía. Salía yo.
