Desperté sobresaltado en el sofá. La luz anaranjada del atardecer se colaba por las cortinas. Tenía la boca seca y un dolor sordo en la cabeza. Miré el reloj. Eran las siete. No recordaba haberme quedado dormido.
La casa estaba en un silencio extraño.
Al pasar junto al comedor vi una hoja doblada sobre la mesa.
"No abras cuando Lucía llame a la puerta."
Fruncí el ceño. Debajo había una firma temblorosa.
La mía.
Sentí un escalofrío.
Giré la hoja buscando una explicación. Nada.
Intenté recordar qué había hecho durante el día. Solo imágenes inconexas: un espejo empañado, el sonido de una puerta cerrándose de golpe y mis manos temblando mientras escribían desesperadamente sobre aquel papel.
Entonces sonó el timbre.
Tres veces.
Exactamente como ella acostumbraba.
Me acerqué despacio. El pasillo parecía más largo de lo normal. Miré por la mirilla.
Si. Era ella.
Llevaba el mismo vestido azul con el que había salido esa mañana. Sostenía la bolsa del supermercado y sonreía con esa mezcla de paciencia y ternura que siempre conseguía calmarme.
—Amor, ¿te quedaste dormido otra vez? Traje tu helado favorito... abre, por favor.
Mi mano tembló sobre la cerradura.
Entonces escuché otra voz.
Detrás de mí.
Con mi propio tono.
—No abras la puerta.
Giré de golpe.
La casa estaba vacía.
Volvieron a llamar.
Esta vez, desde la puerta del frente y la del patio trasero.
Bajé la mirada. Otra hoja descansaba sobre el piso, recién escrita con mi letra.
Solo decía:
"Llegué demasiado tarde".
