Doña perfecta
El mensaje no traía ni un «¿cómo estás?».
«Estoy en urgencias con mamá. Nada grave, pero ven a su casa. Tenemos que hablar».
Conduje digiriendo la rabia. Como siempre.
Subí los escalones de dos en dos. Me esperaba en el descansillo, con la puerta abierta y el reloj en la mano, como una sargento de guardia. Ni siquiera se había molestado en recoger el abrigo de mamá de la silla.
—¿Qué hacemos? —soltó sin dejarme pasar.
—¿No puedes esperar y contarme qué ha pasado?
—Ya te lo he dicho. Esto necesita una solución. Ya.
—Bueno, pues quédate hoy y mañana lo hablamos con calma.
—De eso nada. Toda la mañana en urgencias para que ahora llegues y te laves las manos.
—Mira, no voy a discutir.
Me giré hacia las escaleras, pero se cruzó en el marco y me cerró el paso.
—De eso nada. Lo hablamos ahora.
—¡Que mamá nos puede oír! —susurré.
—¡Que nos oiga! Así sabrá el hijo que tiene.
—
Claro… Doña Perfecta.
—¿Qué pretendes que haga? —la encaré.
—Que te hagas cargo. O pongo a alguien y pagamos a medias.
—Para ti es fácil. A mí no me llega para pagar mi alquiler.
—Eso es tu problema. Yo tengo los míos.
—Por favor… La directora cumpliendo con sus obligaciones. Me voy.
La aparté y bajé los escalones de tres en tres, mientras su voz envenenada retumbaba por el hueco.
—¡Eso, corre! ¡Los demás ya solucionaremos tus mierdas!
