Quería besarle desde antes de que él cerrara la puerta del coche.
La lluvia golpeaba el parabrisas mientras el motor, muerto, enfriaba bajo el capó.
Andrés se bajó para levantarlo y yo lo seguí con la linterna del móvil. Trasteó unos segundos entre los cables y volvió a cerrar el capó. Después se sentó a mi lado y acercó la cara a la luz del teléfono. Tenía una pequeña herida en la ceja.
—¿Tienes pañuelos?
— Espera.
Abrí el botiquín. Mis dedos temblaban tanto que tardé tres intentos en sacar una gasa.
— Estás hecho un manojo de nervios — se rio.
Le limpié la sangre con cuidado. Mis dedos apenas rozaban su piel, pero cada vez que lo hacían necesitaba apartarlos un instante antes de seguir.
Andrés permaneció quieto, con los ojos cerrados, mientras yo le pasaba la gasa por la ceja.
— Gracias — murmuró, dejando caer la cabeza contra el respaldo con un suspiro.
— Qué noche.
Bajé la mirada hacia sus manos. Una descansaba sobre el cambio de marchas, a pocos centímetros de la mía. Cerré los dedos sobre mi rodilla.
Andrés encendió la radio. Reconocí la canción en cuanto sonaron los primeros acordes.
— ¿Te acuerdas de esta?
Claro que me acordaba. Me acordaba de todas las canciones que había escuchado con él, de las veces que había memorizado sin querer la forma de su sonrisa y de cada abrazo.
Andrés empezó a cantar bajito.
Yo desvié la mirada hacia la ventana. La lluvia resbalaba por el cristal, formando líneas torcidas.
Él cambió de postura y acabo apoyando la cabeza en mi hombro. Su respiración me rozaba el cuello.
Me quedé inmóvil. Ni siquiera respiraba bien. Podía sentir el peso tibio de su mejilla a través de la chaqueta. Su pelo estaba a centímetros de mis labios.
Levanté una mano, pero me detuve antes de tocarlo. Cerré los dedos en un puño y la escondí entre las piernas.
Andrés respiró hondo y se acomodó un poco más contra mí. Observaba sus labios. Me quedé allí un instante, demasiado consciente de lo cerca que estaban.
La grúa apareció al cabo de veinte minutos. El ruido del motor hizo que Andrés se despertara. Se incorporó, bostezó y abrió la puerta.
— Venga.
Yo tardé unos segundos más en reaccionar. Entonces saqué del bolsillo la gasa ensangrentada, la misma con la que le había limpiado la herida de la ceja.
La llevé a los labios.
Y la guardé otra vez.
