No podía decirle a María que mi hermano, el gran amor de su vida, se había casado hacía dos semanas.
Cuando preguntaba por él, yo cambiaba rápidamente de conversación. Esta semana venía a pasar unos días conmigo y yo había escondido todas las fotografías para que no sospechara.
Pasamos los primeros días recordando aquellas historias de las que nos gustaba reírnos. Al hablar de él, a María se le iluminaban los ojos y yo me moría por contarle todo, pero temía romper nuestra amistad.
El frío se había presentado con furia en la calle. Preparé un café caliente y saqué unos bollos. Al ir a servirlos, María retiró el pequeño mantel que cubría la mesa auxiliar para no mancharlo.
Debajo, olvidada, había quedado una pequeña foto instantánea. En ella, yo le colocaba el prendido de solapa a mi hermano, vestido de chaqué.
Los dedos de María dejaron caer la foto. Sus ojos se cruzaron con los míos: no había reproches, solo un dolor tremendo.
—El chaqué era el que siempre dijo que llevaría —susurró.
No contesté. Solo el silencio entre las dos resquebrajaba aún más aquella situación.
María comenzó a sollozar, pasando un pañuelo tras otro para secarse las lágrimas y la nariz.
—¿Cómo no me va a doler la boda? —dijo con la voz rota—. Me duele, claro que sí. Pero lo que me causa mayor sufrimiento es comprobar que creías que yo no era capaz de superar esto.
