La propuesta
Mi marido ese fin de semana me dejaba libre. Se iba con unos amigos de despedida de soltero.
Cuando se fue, me dijo:
—Aprovecha estos días y ponte al corriente con tus amistades.
Así lo hice y llamé a mi amiga del alma. Éramos, desde niñas, como siamesas; no había quien nos apartara. Teníamos tanta complicidad que, a veces, creía que podía leerme el pensamiento.
Sonó el timbre y apareció.
Estaba deslumbrante. Se había maquillado con esmero y su vestido transparente mostraba toda la voluptuosidad de su cuerpo.
—Pero bueno, ¿cómo has venido de impresionante? Te aseguro que solo cenamos tú y yo —le dije, riendo.
Me dio un beso y dejó el bolso en la repisa de la entrada.
Yo había preparado la mesa para la cena: velas, mi mantel preferido y una música que sabía que a ambas nos gustaba. Mientras terminaba de preparar los platos, puse dos copas para el vino.
No podía abrir la botella. Ella se acercó por detrás y dejó que todo su cuerpo rozara el mío.
Noté su presencia.
Comenzamos la cena. Después de un vino, otro, risas, recuerdos... Todo era una mezcla de confianza y algo que todavía no sabía nombrar.
—Vamos a sentarnos en el sofá y vemos una película.
Me acurrucó entre sus brazos y comenzó a besarme la cabeza, los ojos y, sigilosamente, llegó a mis labios.
Su sabor llegó a mi boca. Su respiración entrecortada. Mi cuerpo reaccionaba y quería más.
De pronto me aparté.
¿Qué era aquello?
Me quedé inmóvil, sintiendo todavía en el cuerpo aquella vibración excitante. Y entonces mi pensamiento se fue a mi marido.
Ella volvió a acercarse y su mano descendió buscando la mía.
La detuve.
Nos miramos en silencio.
Ya había comprendido lo que me estaba pidiendo.
