Respuesta al reto: La sospecha

Respuesta al reto: La sospecha

Por Clara Leiva

Clara Leiva

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La primera vez que vi a Daniel al otro lado de la calle no pensé nada.

Estaba saliendo del supermercado cuando lo reconocí, apoyado en la marquesina del autobús, con las manos en los bolsillos.

—¿Qué haces aquí?

Sonrió.

—Pasaba por aquí.

Daniel vivía al otro lado de la ciudad.

—Ah.

Caminamos juntos hasta la esquina. Hablamos de cosas sin importancia. Antes de despedirse me tocó el brazo.

—Avísame cuando llegues.

—Tardo cinco minutos.

—Ya.

Sonrió otra vez.

Aquella noche, mientras me lavaba los dientes, pensé que no tenía ningún motivo para estar allí.

Pero tampoco tenía para no estarlo.

Dos días más tarde lo vi de nuevo.

Estaba sentada en una cafetería y lo descubrí reflejado en el cristal. Al otro lado de la calle. Quieto. Mirando hacia dentro.

Parpadeé.

Cuando volví a mirar, había desaparecido.

No se lo conté a nadie.

Esa noche recibí un mensaje.

¿Has llegado bien?

Contesté que sí.

No pregunté cómo sabía que ya había llegado.

El sábado vino a casa.

—Estás rara —dijo.

—Estoy cansada.

Entró sin que lo invitara. Dejó las llaves sobre la mesa y miró alrededor.

Sus ojos se detuvieron en una fotografía.

Los tres.

Daniel, Marcos y yo.

—No recordaba esta foto.

—Lleva años ahí.

La cogió.

—Estaba en otro sitio.

Sentí que algo se cerraba dentro de mí.

—¿Cuándo la viste?

Daniel levantó la mirada.

—¿Qué?

—La fotografía.

Sonrió.

—No sé. Me habré confundido.

Dejó el marco.

—¿Has hablado con Marcos?

No contesté.

Daniel tampoco.

Durante unos segundos solo se oyó el frigorífico.

—¿Por qué preguntas?

—Por nada.

—¿Te ha llamado?

—No.

—Entonces, ¿por qué crees que he hablado con él?

Me miró fijamente.

—Porque te conozco.

Cuando se marchó, me quedé detrás de la puerta escuchando sus pasos.

Uno.

Dos.

Tres.

Después silencio.

Esperé.

Los pasos volvieron a sonar.

Esta vez subían.

Se detuvieron frente a mi puerta.

No llamaron.

Al cabo de unos segundos volvieron a bajar.

No abrí.

Aquella noche revisé las ventanas.

Estaban cerradas.

La puerta también.

A las dos y cuarto escuché un golpe en el pasillo.

Me incorporé en la cama.

Otro.

Muy leve.

Como si alguien hubiera apoyado la mano contra la pared.

No salí.

Entonces vibró el teléfono.

No abras a nadie.

Era Daniel.

Lo leí dos veces.

¿Por qué?

No respondió.

A las tres me atreví a salir del dormitorio.

Había un papel en el suelo, delante de la puerta.

No sabía cómo había llegado hasta allí.

Lo recogí.

Era una fotografía.

La misma.

Pero Marcos había desaparecido.

Solo quedábamos Daniel y yo.

En el reverso había una fecha.

La de la declaración que firmé seis años atrás.

Debajo, escrito a mano:

Tú también estabas allí.

Me quedé inmóvil.

Recordé a Marcos.

El despido.

La declaración.

Y a Daniel diciéndome que no me preocupara, que nadie iba a enterarse.

Entonces escuché una llave en la cerradura.

Se me heló la sangre.

La puerta se abrió.

Daniel apareció en el umbral.

—Elena.

No contesté.

—Anoche vi a alguien en tu portal —dijo—. Por eso te escribí.

Miré sus manos.

Traía el marco de la fotografía.

—Lo encontré en la calle.

No supe qué decir.

Daniel dejó el marco sobre la mesa.

Después me miró.

—¿Qué te pasa?

Quise preguntarle quién había estado en el portal.

Quise preguntarle quién había escrito aquello.

Pero solo pude pensar en una cosa:

yo nunca le había dicho dónde guardaba aquella declaración.

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